En la lona del viejo circo
Pero no alcanza con sumar talentos; el teatro, como todo arte, es ingrato y sólo cuenta los resultados, no las buenas intenciones, ni mucho menos «todo el trabajo», «los meses de ensayo», «nosotros nos divertimos muchísimo», y demás folclore de entre bambalinas.
Ay, las intenciones de «La gran Pepino» son tan pobres como el trato de la concordancia en el título. Quien redactó el programa de mano dice que «La gran Pepino» es un espectáculo «basado en el circo criollo»; El circo, criollo o no, es triste y cruel; a Dios gracias, en «La gran Pepino» lo de circo es casi inexistente y lo de «criollo» es absolutamente inexistente. Agrega el programa, cauteloso: «Se dice que el circo criollo es… el comienzo del verdadero» (sic) «teatro rioplatense».
Buscamos pues, a través de esta obra realizar una mirada» (sic) «a nuestros orígenes» (¡sic!) «y permitirnos una nueva interpretación». Como debería saber «L’Arcaza» todo lo que dice es un error, y cuesta creer que no se hayan enterado siquiera del monumental trabajo de Eneida Sansone sobre el teatro uruguayo en el siglo XIX. El circo criollo, que anexa arte dramático a fines del siglo XIX, ha dado lugar a mucha retórica, como la populista de postular que las obras «gauchescas» están escritas con el lápiz de la naturaleza viva y no por plumas de abogados y parlamentarios. Simplemente, el «circo criollo» no dio comienzo al «verdadero teatro rioplatense», y si algún teatro produjo fue de la peor calidad.
El teatro circense nació del encuentro fortuito del novelón racista y protofascista de Eduardo Gutiérrez «Juan Moreira», con las desventuras económicas del circo de los Podestá. La novela, hoy ilegible, debió su éxito de librería a su imitación de los folletines franceses de moda en el siglo XIX; poco hay en la obra de Gutiérrez de los archivos judiciales de Lobos o Navarro y mucho, en cambio, de novelas como «Los misterios de París» de Eugenio Sue y, sobre todo, de «El conde de Montecristo» de Alexandre Dumas, donde aparece el culto de los héroes al que se debe, en parte, el nazismo, con el asesinato de enfermos psiquiátricos primero y judíos después. El propósito, groseramente comercial, del teatro insertado en el circo criollo, con sus piruetas ecuestres y sus galopadas circulares, fue dicho por Florencio Sánchez así: «… el mejor economista de aquellos acróbatas tuvo la acertada de utilizarlo» (a Juan Moreira) «para su negocio de toldo y candil» («Cartas de un flojo», págs. 45/46). Sólo faltó, como agrega Sánchez, que la Vicenta dijera aquella frase que avergonzaría al peor teleteatro: «¡Matame, mi Juan, matame!» para que tuviéramos nuestro «primer drama ‘nacional'».
Aparte de sus confusos propósitos, a «La gran Pepino» le falta todo: argumento coherente y comprensible, escenas bien delineadas, ilación, coherencia, ideas, sentimientos, pasión. Tiene mucho de frío impromptu, de fabricación ad hoc; es, aún dentro de sus propósitos, un trabajo hecho a medias, con un fin inmediato y muy visible.
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