
Tiene algo de “Romeo y Julieta” en el amor súbito que despierta Giselle en Albrecht, novio de la princesa Bathilde y en esa locura del amor que pretende llegar más allá de la muerte, y esto es tragedia.
Hay también en el ballet una parte para las artes plásticas, por donde participa de la pintura y de la arquitectura, que reclaman planos, colores, claroscuros, proporción y equilibrio. El arte, al fin, es domesticación de las pasiones; pero los resplandores de la pasión domada deben filtrarse entre la conquistada serenidad de las columnas dóricas.
“Giselle” fue un ballet frío; por cierto, María Riccetto en el papel de Giselle puso alegría, temperamento y felicidad en el desempeño de su arte. Eso le es posible a partir de una técnica a la vez perfecta y superada; porque el bailarín, cuyo arte comienza con poner el jaque a la ley de la gravedad, debe también borrar huellas y ocultar costuras.
Iñaki Urlezaga (Albrecht) tiene todas las condiciones para el arte, pero le falta volar, transgredir las leyes de la acústica y cantar con el cuerpo. Nos sorprendieron las modificaciones de Lilian Giovine a la coreografía tradicional de Coralli, Perrot y Petipa; encontramos que la obra perdió algo de dramatismo y sobre todo ese ir a los extremos que debió existir en la maratón de danza de Albrecht, al fin del segundo acto, que debería agotar el repertorio de las figuras del ballet.
La escenografía del primer acto es adecuada, un tanto a lo Hansel y Gretel; la acentuación de las muestras de terrestre felicidad y sólido esparcimiento debería engendrar un poderoso contraste con el fantástico segundo acto, donde la escenografía y la iluminación también debieron danzar, con variaciones de foco y de intensidad de la luz: ambas fueron correctas, pero también estáticas. Y no pareció lo más preciso que la misma luz alumbró parejamente la tumba de Giselle, en las escenas que allí suceden, y el mundo de las Willis.
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