Trágicas consecuencias de una pretérita discriminación
Pero quienes recuerden a Juana de Arco, «Los demonios de Loudun» de Ken Russell, sobre obra de Aldous Huxley, «Ivanhoe» de Walter Scott o «Las brujas de Salem» de Arthur Miller convendrán en que, como lo observó sagazmente Mark Twain, la realidad, que contiene atrocidades mayores que las de «Il Trovatore», supera a la ficción.
La ficción requiere lógica, estructura, verosimilitud; debe organizar datos reales en unidades autónomas, que en su cotejo con la realidad parecen andadores, muletas o corsés. Sin embargo, esas ficciones, desdichadamente tan reales como delirios vivos, suelen incluir verdades profundas, como en el caso de «Il trovatore», que tocan ese punto ciego del alma que no nos deja ver lo distinto o diferente. Cabe recordar aquí tanto la discusión sobre si los indios americanos tenían alma, como la impavidez con que el mundo civilizado admitió como normal y natural la esclavitud, mundo en que se incluye nada menos que a Aristóteles. La gitana Azucena (García Gutiérrez, 1835) y su hermana la Carmen de Merimée (1845) hacen llegar, desde el ámbito tan extraño y artificial de la ópera, a través de un argumento increíble, el grito de los marginados y desposeídos, que en el conjunto de la obra, suena en nuestros oídos con reminiscencias de la atroz Orestíada o la epopeya, de pesadilla, de los argonautas tras el vellocino de oro o los impiadosos azares que acosan a Edipo; para no hablar de los crímenes que se perpetran día por día en nuestras familias, occidentales y cristianas.
Los gitanos fueron y aún son piedra de escándalo, durante el nazismo y dentro de la Unión Europea. Su persecución y muerte por el nazismo, incidentalmente, llevó a un forzoso exilio, siniestramente preludiado por un extraño incendio en el puerto de Amberes, al circo del alemán Sarrasani, cuya joven directora, Gertrude von Stosch – Sarrasani, se negó a excluir de su elenco a sus gitanos; esta compañía circense, cuyo nombre conocemos o recordamos a través del tango («Justo el 31″), recaló, ya muerto Hans Sarrasani, en nuestras tierras.
Lo cierto del fantástico argumento de «Il trovatore» es que la madre de Azucena es llevada a la hoguera, ese adelanto a cuenta del fuego eterno, por puro prejuicio: hay contra ella sólo una mera sospecha, que pronto se revela infundada.
La puesta en escena de Roberto Oswald aprovecha con habilidad una escenografía en parte fija (paredes grises de un castillo o similar) a la que cambios de luz o agregados corpóreos sitúan la acción al aire libre, en un campamento militar, en un calabozo, en el interior de un castillo; la dirección es magistral en las escenas de conjunto, en particular la animadísima reunión de gitanos de la primera escena del acto segundo. Dejaremos la apreciación de la música a mejores aficionados y a los especialistas, no sin consignar la coherencia general y el acierto en climas y volúmenes de sonido por parte de la orquesta que dirigió el maestro Federico García Vigil y que, para nosotros, las mejores melodías estuvieron – justicia al fin- en la voz de Cecilia Díaz, que interpretó a la gitana Azucena y en la de Leonora, la heroína, la segunda en el orden de las víctimas, que interpretó Sandra Silvera San Martín.
IL TROVATORE, de Giuseppe Verdi, con José Azócar (Manrico), Sandra Silvera San Martín (Leonora), Leonardo López Linares (Conde Luna), Cecilia Díaz (Azucena), Marcelo Otegui (Ferrando), Silvana Saldías (Inés), Diego Regio (Ruiz), Andrés Prunell (un gitano), Alberto Fernández (un mensajero). Figurantes, coro del Sodre dirigido por Antonio Dominghini, orquesta Filarmónica de Montevideo bajo la dirección del maestro Federico García Vigil, vestuario de Aníbal Lápiz, regente, director, iluminador y escenógrafo Roberto Oswald. Estreno del 15 de agosto, teatro Solís.
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