Escrito por: Hugo Acevedo |

En “Muerte y religiosidad en el Montevideo Colonial: una historia de temores y esperanzas”, Andrea Bentancor, Arturo Bentancur y Wilson González elaboran una minuciosa investigación, que indaga en las costumbres, incertidumbres y temores de los habitantes que vivieron en el último cuarto de siglo de dominio español.
El origen de este trabajo de nivel académico- destinado al estudio del fenómeno de la muerte- es parte de un proyecto institucional ejecutado por el Departamento de Historia Americana de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
La estructura de la obra comprende cuatro capítulos básicos agrupados en dos partes, la primera de las cuales está dedicada particularmente a las cuestiones del cuerpo y su intrínseca relación con la muerte.
En tanto, el segundo segmento de este libro apunta a explorar los eventuales misterios del espíritu, la incertidumbre por el destino último y la salvación ante la inexorable extinción del ciclo biológico.
Incluso, los capítulos finales describen la lucha de quienes aguardan la muerte y de sus deudos por la salvación del alma, mediante acciones colectivas y hasta donativos tendientes a la expiación de las culpas.
Acudiendo a múltiples fuentes documentales, los autores se internan en los territorios de nuestro pasado, imprimiendo a la obra una dimensión fuertemente antropológica.
Esta mirada excede al mero ejercicio historiográfico, concentrándose particularmente en las etologías humanas, las costumbres, las creencias y las psicologías de una época singular.
Obviamente, el texto se articula sobre necesarias coordenadas de tiempo y espacio, que remiten al lector a una Montevideo radicalmente diferente a la actual.
No en vano el análisis toma como foco referencial a los últimos tramos del siglo XVIII y los primeros años del siglo XIX, un período anegado por la caudalosa pasión de acontecimientos que conmovieron a la región.
Ese tramo de nuestra historia está marcado, naturalmente, por la impronta de la persistente dominación española y el auge de su cultura hegemónica.
En tales circunstancias, la identidad de los habitantes de nuestra capital estaba fuertemente condicionada por un modelo de convivencia importado desde la metrópoli europea.
La investigación condensa, obviamente, esos rasgos y peculiaridades, reconstruyendo un entramado social creado a imagen y semejanza de la cultura imperial.
El primer capítulo de este libro, que aborda particularmente las formas de morir, atisba minuciosamente en los traumas de un tiempo histórico de grandes incertidumbres.
En este caso concreto, los investigadores aportan al tema un necesario trasfondo histórico, pautado por las guerras, las epidemias y otras catástrofes de devastadoras consecuencias.
Esos viscerales tiempos de violencia confrontaban a la sociedad, más que nunca, a la inminencia de la muerte, tanto en los campos de batalla como en los atestados hospitales de campaña.
Los autores dan cuenta de dos conceptos instalados en el imaginario colectivo: la “buena muerte” y la “mala muerte”, que sintetizaban una aguda conmoción y un estado de ánimo que sacudía intensamente a los montevideanos de otrora.
Esa suerte de paranoia generalizada estaba asociada naturalmente a las circunstancias del deceso, que discurría entre lo esperado y lo inesperado.
Mientras la “muerte buena” respondía a un esquema de minuciosa planificación que incluía la previa confesión de los pecados y la prolija documentación de los derechos sucesorios, la denominada “muerte mala” que sobrevenía repentinamente- se transformaba en una suerte de pesadilla, particularmente para los deudos.
En ese contexto, asumían un particular protagonismo los escribanos y los sacerdotes, que solían cobrar cuantiosos emolumentos por sus servicios.
Los escritores ligan a la muerte con las creencias dominantes de la época, sugiriendo que, en la mayoría de los casos, la desaparición física abría un horizonte de esperanza a la “vida eterna”.
En ese marco, la obra corrobora que, hace más de dos siglos, las enfermedades mataban incluso más que las propias guerras, devastando no sólo a las familias humildes que vivían en situación de absoluto desamparo e indefensión, sino también a las poderosas y adineradas.
La mortalidad infantil que sigue hoy provocando estragos en las naciones subdesarrolladas- solía adquirir dimensiones realmente apocalípticas, ya que no se disponía de medicamentos ni de tratamientos eficaces para curar una mera gripe o afección respiratoria.
El capítulo siguiente, intitulado “El camino hacia la tumba”, constituye un aporte de contundente acento testimonial, en la medida que visualiza algunos de los hábitos y costumbres más arraigados de la sociedad de la época.
Este es, sin dudas, uno de los tramos más reveladores e ilustrativos de la obra, porque retrata, en forma tan explícita como exhaustiva, cuál era la actitud de los pobladores del Montevideo colonial ante el fenómeno y el insondable misterio de la muerte.
El trabajo abunda en apuntes en torno a la ritualización de la muerte, desde los atuendos con los que se vestía el cuerpo sin vida del fallecido, hasta las propias ceremonias funerarias.
En este caso concreto, afloran visiblemente las radicales diferencias entre clases sociales, que refieren particularmente a la ostentación casi circense de los ricos, tanto en lo que atañe al velorio como al sepelio.
La elocuente pintura de ambientes permite conocer una auténtica industria de la muerte, que reservaba incluso un rol protagónico a los pobres, cuyos servicios eran contratados como dolientes.
Los clérigos y los curas, personajes muy respetados en la época, también recibían un tratamiento especial en función de su prestigio y su jerarquía.
Obviamente, los autores no soslayan referencias a la cultura afrodescendiente, que solía celebrar ceremonias rituales acordes con sus propios rasgos identitarios.
El capítulo titulado “Muerte, religiosidad y actos piadosos” revela los diversos entretelones de la fe, que responden a los mandatos confesionales de la hegemónica Iglesia Católica.
Aunque los autores no emiten juicios de valor en torno a las prácticas religiosas vinculadas a la muerte, aflora el componente eminentemente mítico de la creencia en una eventual salvación del alma del difunto.
El trabajo corrobora que la moral católica impregnaba fuertemente al imaginario social, con recurrentes perdones y promesas de vida eterna, que se prodigaban aún a los personajes menos virtuosos y más deleznables.
En muchos casos, el precio de la redención y la expiación de las culpas -que obviamente no todos podían pagar- eran las cuantiosas donaciones que se embolsaba la institución eclesial.
Este libro de más de trescientas páginas, restituye la memoria de un tiempo histórico pautado por radicales asimetrías sociales y exacerbados fanatismos religiosos, en el cual las indulgencias tenían una alta cotización de mercado.
“Muerte y religiosidad en el Montevideo colonial” es una obra seria, madura y muy bien documentada, que reconstruye minuciosamente los vertebrales rasgos identitarios de una sociedad agobiada por las mismas dudas, angustias e incertidumbres del presente.
(Editorial Banda Oriental)
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