La cultura nacional perdió a Fernando Beramendi
Beramendi perteneció a la generación que debió exiliarse por luchar contra la dictadura.
Tuvo un hijo en Cuba, pero se apartó de las comodidades del refugio y se alistó para pelear en Nicaragua junto a los sandinistas que en 1979 acabaron con la larga dictadura de los Somoza.
De regreso al país, ejerció el periodismo en el semanario «El Popular» y luego en el periodismo cultural en el diario «La Hora Popular».
Entretanto, la poesía, que cultivó con el prolijo trabajo que requiere. Varios libros la divulgaron y, junto a la poesía, el trabajo social entre los escritores y la promoción del arte.
Sus últimas concresiones en este rubro fueron la participación hace un año de las Tertulias Lunáticas, leyendo poemas propios en el Cabildo y el estreno a mediados de año de una obra del compositor Carlos Maggiolo sobre textos de Beramendi, en un concierto del Nucleo de Música Nueva.
A principios de la década, Beramendi ejerció la crítica teatral en «El Día» y cursó el turno nocturno de la Escuela Nacional de Arte Dramático. En 1996 estrenó como director una obra con una antología de textos ajenos fundidos por su pluma. Obtuvo el Florencio Revelación que le valió un viaje de estudios a Francia.
Desde entonces, sus energías se concentraron en el teatro. Destacó en el medio por su amplia cultura y solidez conceptual. Otros montajes suyos fueron Luces en el Espejo, de Mary Jane Walsh, el año pasado, y El camino al desierto de Bernard Koltés, este año en Teatro Victoria. Como actor, participó en El amante de Harold Pinter, estrenada el año pasado en El Galpón y repuesta este año.
Entre sus proyectos, fue uno de los tres promotores de la recuperación de la quinta de Santos como sala teatral alternativa. Desgraciadamente, su enfermedad le impidió tener pronta la obra que había concebido para ese lugar.
En algún momento estuvo vinculado a esta casa y fue jurado de los premios «Tabaré».
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