Desconcierto, Confusión, precipitación

Balance del año 2000 en materia de teatro

Luego de más de quinientas páginas, Hobsbawm evidencia un desconcierto absoluto, cercano al estupor, ante el mundo de hoy, al que no intenta seriamente comprender, atareado como está en la recopilación de mil y un datos enhebrados al correr de sus psiqueos, donde no faltan fatuas referencias de gloria refleja, como –según él– sus encuentros con Crick.

Bloom, por su parte, uno de los más temibles espantajos literarios de este fin de siglo y, sin la menor duda, uno de sus peores y más avinagrados escritores, agobiado por la proliferación de libros que sabe no podrá leer, hipnotizado como está por la riqueza, a la que ve como el origen de todos los bienes, parece confundir la literatura con el producto bruto interno: «…el verdadero uso de Shakespeare o de Cervantes… es aumentar el propio y creciente yo» o, lo que para Bloom es lo mismo, «…nuestra propia soledad», lo que lo lleva, por supuesto, a la conclusión de que el «Ca.non», o sea lo más granado de la literatura de Occidente, es nada menos que el «embajador de la muerte».

Cuando uno recuerda los felices días de lectura de nuestra infancia, que nuestro padre restringía a un capítulo de Julio Verne por día, porque de lo contrario dejaríamos de comer y de dormir, la idea que tiene Bloom de la lectura parece, en vez de aquel sueño de felicidad, una pesadilla de la que querríamos despertar.

El desdichado Bloom comenta a los comentaristas, nos trasmite su agonía porque nunca podrá leerlo todo y más aún porque habrá por allí críticos de izquierda, formados para peor en sus aulas, que van a enjuiciar su obra… neurosis estrictamente contemporánea, que posterga el necesario pensamiento en tanto no obtengamos todos los datos, balumba que, ya se sabe, no podrá lograrse jamás pero que justifica la abdicación del pensamiento en beneficio del marasmo informático y el despilfarro en publicidad.

Desconcierto, confusión, precipitación: estas tres palabras, que definen parte de la historia y la literatura de hoy, definen también el carácter general de nuestro teatro: la globalización ha llegado hasta nuestro escondrijo.

 

79 espectáculos nacionales

Hemos visto este año sesenta y nueve espectáculos nacionales. De ellos son la excepción, y desde ya diremos que son los mejores, aquellos en los que el autor ha tenido una idea clara de lo que se propuso hacer y aun tuvo la lucidez de saber que los medios a su alcance eran los adecuados para realizarlo, ya fueren estos medios su propio talento de escritor, el elenco de actores disponible y los auxilios materiales a su alcance.

No discutimos, por ahora, el valor objetivo de las realizaciones; sólo enunciamos los dos primeros problemas que se plantea, lo quiera o no, todo artista ante la página blanca.

Primero, saber qué se propone; segundo, cómo va a realizarlo. Parece simple, pero hay serios indicios de que la mayoría de las obras pasó demasiado rápidamente por este proceso previo de reflexión.

Es muy notable que en este punto han sido de ninguna significación las muy diversas obras; también es curioso que hayan sido irrelevantes las diferencias de edad entre los distintos autores. Los más jóvenes visten camisas de colores, gritan a la hora de la entrega de premios, que se aproxima a un match de fútbol con sus tribunas, hinchadas y goles y los mayores callan, afanosos sobre las vituallas; pero sus defectos son los mismos.

El mismo desconcierto, la misma confusión, la misma precipitación, la misma desesperante superficialidad presiden las puestas en escena de La Celestina, Platonov o El avaro, por una parte y las de El viaje de Atanor, Episodios de la vida posmoderna, El bosque de Sasha o La Herencia de piedra por la otra.

Tratándose de los clásicos, pareció darse por sentado que las grandes obras son aburridas y que hay que subvertirlas o pervertirlas y hasta suplementarlas. A La Celestina se le agregaron crudas evocaciones sexuales y se la privó de toda su fuerza trágica, a El avaro se la destrozó llevándola a la arena de los payasos; Platonov se ofreció como pura peripecia y aventura.

Tratándose de autores nacionales, sólo en unos pocos textos fue visible el uso del pensamiento racional, la larga concentración, el necesario trabajo artesanal del pulido y ajuste final de frases y escenas; en suma, la transpiración del artista, que desde antaño se reconoce tan necesaria como la inspiración

Por estas cualidades, y por orden de méritos, destacamos entre las obras de autor nacional a Mujeres en la orilla, de Amanecer Dotta, sobre obras de Onetti, Salúdenlo de Adriana Lagomarsino, Minotauros de Carlos Rehermann, Por debajo de los muros de Lupe Barone, nosOTROS, de Miguel Altamirano y Laura Renzi (o, como lo quieren los modestos autores, de Una pequeña flor azul) y Bulimia de Leo Maslíah.

En todos estos espectáculos está el cuidado, propio del verdadero artista, en la elección de las palabras, los gestos y las escenas. La tarea más difícil fue la de Amanecer Dotta con Onetti, tan reacio, en las apariencias al menos, a la teatralización, y donde el autor y adaptador logró cumplidamente la peculiar atmósfera de nuestro máximo novelista, tan admirable como áspero y huraño con el lector, un elenco admirable de egresados de la Escuela Municipal de Arte Dramático sostuvo adecuadamente el original propósito.

En Salúdenlo Adriana Lagomarsino, sobre el libro Razones locas de Guilherme de Alençar Pinto, se propuso un homenaje de efecto a Eduardo Mateo: asoció otras artes, como el cine y la música, actuó, dirigió y redondeó una delicada joyita sin fallas visibles y con una sobriedad poco frecuente en nuestro medio, tan inclinado a creer que más es mejor.

Minotauros, una de las obras con mejor escritura, pecó por exceso de ambición sin los medios adecuados, pero en un escritor joven, como observó sagazmente Marcel Proust en una carta a Mme. Strauss, la pedantería es un signo promisorio; la articulación de las historias de Abelardo y Eloísa, por una parte y la de Pasifaé, Ariadna y el Minotauro por la otra queda por demostrar.

Por debajo de los muros es una obra pulida, con sentido dramático, un tanto elíptica por demás; nosOTROS, una pieza auténtica y palpitante, tan sugerente como transparente y lúcida, carece de la ambición que sobró en Minotauros; Bulimia es nuestro mejor teatro de la paradoja, con su mirada al sesgo y su peculiar sensibilidad para el absurdo cotidiano.

Todavía mencionaremos Pasado amor, de Víctor Manuel Leites, sobre Horacio Quiroga, por su noble escritura y su seriedad de propósitos, La boca del tigre de Luis Miceli Couret, particularmente estorbada por dificultades materiales de realización pero con un valiente planteo de la matanza de los charrúas, y El naufragio de Olga Condenanza, donde aparece en nuestras tablas la asaz familiar figura del torturador, estas tres últimas obras tienen en común el loable propósito de poner sobre las tablas nuestros temas y problemas.

Por supuesto, una obra impar como Había una vez, de China zorrilla, una obra engañosamente simple y muy mal comprendida, está en un plano tan único y tan excepcional, que admite pocos puntos de comparación con cualquier otro espectáculo que haya sucedido este año sobre nuestros escenarios.

 

Autores extranjeros

Entre las obras de autores extranjeros se destacan muy claramente tres, que reseñaremos en el orden de las fechas en que fueron estrenadas. Ayax, por ejemplo de Heiner Müller, dirección de Mariana Percovich, tuvo una pu
esta en escena brillante que no hizo perder de vista la sombría grandeza del texto dramático; el actor que la interpretó, Claudio Castro, fue una admirable revelación.

Las reinas de Normand Chaurette, dirección de Eduardo Schinca, fue posiblemente el espectáculo más y mejor pulido y acabado, con una actuación excepcional de las seis actrices: Judith Palacios, Ana Rosa, Beatriz Massons, Elsa Mastrángelo, Nelly Antúnez y, al fin pero para nosotros la mejor, Roxana Blanco.

Jubileo, de George Tabori, dirección de Alberto Rivero, fue lo más destacado de la nueva generación, tanto por la elección de la obra, que implica toda una definición estética y política, como por la inventiva de la escenificación y la sólida actuación de un elenco admirable (Mary Da Cuña, Lucía Arbondo, Daniel Bérgolo, Ruben Coletto, Alvaro Armand Ugon, Sergio Mautone, Gustavo Martínez).

En un segundo plano, también de excelencia, mencionaremos La muerte de un viajante de Arthur Miller, dirección de Mario Ferreira, con Pepe Vázquez como Willy Loman, El dulce pájaro de la juventud de Tennessee Williams, dirección de Carlos Aguilera, El cerdo de Raymond Cousse, dirección de Alberto Rivero, con Iván Solarich en la mejor actuación de su carrera, Huérfanos de Lyle Kessler, puesta en escena de Jorge Cifré y Estela Jauregui, El hombre de la flor en la boca, de Pirandello, dirección de Ernesto Laíño, con Rodolfo Acosta, La Navidad de Harry, de Steven Berkoff, con Jorge Bolani, dirección de Alfredo Goldstein, Las guerras de nuestros antepasados de Delibes y García, con muy buena actuación de Juan Jones y Núbel Espino y dirección de Hugo Blandamuro, Acreedores de Strindberg, dirección de Ricardo Beiro, y Liolà de Pirandello, dirección de Elena Zuasti.

Como obra musical debe destacarse Lecho nupcial, de Jan de Hartog, dirección de Mario Morgan, actuación y canto de Humberto de Vargas y Laura Sánchez.

 

Visitantes

De las obras extranjeras hay que destacar, primero, el asiduo y valioso aporte del Instituto Italiano de Cultura y el teatro Stella, que hicieron llegar obras como Caro Eduardo, Piume, L’ultima notte di Giordano Bruno de Assemblea Teatro, y al director Ferruccio Soleri con un elenco local en Los dos gemelos venecianos de Goldoni y, al fin pero de lo mejor, Genti, intendeti questo sermone de Matteo Belli, posiblemente el mejor actor que pudimos ver este año.

Como siempre, brilló el aporte de la Secretaría de Cultura de la Prefectura de Porto Alegre, con su ya clásico «Porto Alegre en Montevideo», donde lucieron especialmente Descobrimento de Luciano Alabarse y Dorotea de Nelson Rodrigues, dirección de Kike Barbosa.

Edipo rey, del Teatro Nacional de Grecia y Hannah de Schechter, con dirección de Mario Morgan y actuación de Bettiana Blum fueron también de lo mejor en el drama y la tragedia, en tanto que Les Luthiers, con Todo por que rías, continuaron su larga carrera de excelencia en el género de humor y Cecilia Rossetto, en su personal espectáculo Rojo tango, tan bien concebido como realizado, tanto en la actuación como en lo musical, volvió a reeditar lo mejor de su arte, en una altura comparable a la de Buenos Aires me mata.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje