Se viene "Sex and the City", la polémica serie convertida en filme
Ya se sabe que hay dos temas que siempre generaron polémica: sexo y religión. Y muchas veces estuvieron unidos para detonar más escándalo y prohibiciones.
El monje Casiano del año 400 D.C. señalaba, por ejemplo, que toda relación sexual que no apuntara a la reproducción, era pecado. De esta manera, clasificaba el «vicio» de tres maneras: la primera era la denominada «conjunción de los dos sexos»; en segundo lugar estaba el «pecado» cometido sin tener contacto con la mujer (onanismo y/o masturbación) y, por último, el «mal» concebido por pensamiento y espíritu»: (la libido).
El tema es que, según esta clasificación, no hay manera de escapar del infierno y los personajes encarnados por Sarah Jessica Parker, Kim Catrall, Kristin Davis y Cynthia Nixon ya deben estar supercondenados por toda la eternidad.
En su «Historia de la sexualidad» Michel Foucalt señaló las compulsivas regulaciones que sufrió el sexo a lo largo de las épocas, una condena permanente del placer que encasilló conductas durante siglos.
Quizás por eso, por esa desenfadada emancipación que promueven las mujeres de «Sex and the City» es que los últimos prejuicios terminaron de quebrarse para el gran público consumista.
De todos modos, en algunos aspectos todavía seguimos con cierta mentalidad patriarcal que, a veces, los medios de comunicación se encargan de reforzar. La «mujer -objeto», el héroe seductor y otra docena de estereotipos que vehiculizan un «ideal estético» basado en colágenos y cirugía.
«Valores» que subrayan la imagen, a cualquier precio, por encima de lo cualitativo. En múltiples casos, el cine y la TV reflejan una gimnasia de «sexo-pulsión» abaratado; un consumismo que, en vez de promover una sexualidad sana y placentera, se distorsiona en un morbo gratuito y voyeurista.
Pero, a pesar de lo señalado y de ciertas coordenadas que reflejan moralinas añejas, algo se ha avanzado (y «Sex and the City» puede resultar un ejemplo). La mujer ha escalado posiciones y el hombre también ha asumido roles que, según costumbres machistas, eran propias del sexo débil. Sin embargo, muchos roles estereotipados han sido instalados de manera esquemática en las personas. En este sentido, cabe citar alguna opinión sobre estas representaciones sociales como construcciones simbólicas atributivas ya que, parecería que «lo que define al género es la acción simbólica colectiva». Algo parecido a decir que yo debo ser lo que la mayoría opina sobre la «normalidad» en mi conducta social (y sexual) del género al que pertenezco. Son modelos de identificación no tan subliminales y hay investigaciones rigurosas que demuestran «una carga ideológica a favor de la reproducción de conductas sexistas» reconociendo «marcas lingüísticas y discursivas que fomentan los estereotipos, corroboran los ejes sexistas recurrentes en el lenguaje cotidiano y contribuyen a las relaciones de género marcadas por la desigualdad».
El que haya visto la serie de manera más o menos sostenida, habrá corroborado esa gran patada al tablero machista, esa insubordinación contra la pasividad femenina en medio de filosos comentarios no exentos de glamour. Es que una cosa no va reñida con la otra y la película promete un interesante coctel de elegancia y chispazos guionísticos.
Pero sobre todo, también habrá raros peinados nuevos y vestidos de alta costura desfilando por las pasarelas del celuloide. Una «revolución» que no deja de lado la coquetería (y la ternura). Faltaba más.
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