Amargo crepúsculo de un emperador
La falta de legitimidad, que caracteriza a las dictaduras o a las monarquías de origen presuntamente divino, es un recurrente caldo de cultivo de conflictos, violencia, desenfrenadas pasiones y modelos de vasallaje y sumisión incondicional. La cualidad omnímoda de esas expresiones de poder vacías de un indispensable consenso popular, genera, naturalmente, fundadas y radicales resistencias.
Sin embargo, cuando esa autoridad nace de presuntos mandatos morales o doctrinas religiosas instaladas en el imaginario de los pueblos, la voluntaria obsecuencia suele ser una suerte de regla.
Un buen ejemplo de esa tendencia a la irracional genuflexión fue el reinado del emperador japonés Hirohito, quien fue considerado por su pueblo como una suerte de semidiós terrenal, hasta que las bombas atómicas devastaron a Hiroshima y Nagazaki.
Hasta ese momento, Japón dirimía una guerra contra los aliados occidentales que trascendía a lo meramente militar, erigiéndose en una suerte de cruzada casi espiritual por la hegemonía mundial.
Como se sabe, Hirohito fue el emperador que más tiempo ocupó el trono japonés, ya que su reinado se extendió desde 1926 hasta su muerte, en 1989.
No obstante, luego de la sangrienta derrota nipona y el virtual arrasamiento de un país que quedó reducido a escombros, el monarca perdió buena parte de esa aureola mítica que le permitió conducir el conflicto con pulso firme, junto a su plana militar.
En «El sol», el talentoso realizador ruso Alexandr Sokurov, autor de la admirable «El arca rusa», construye una visión de horizonte crepuscular en torno al legendario emperador.
De algún modo, el filme es la metáfora del derrumbe de un mito, construido en torno al gobernante que, durante un buen tiempo, convenció a su pueblo de su presunto origen divino.
No en vano numerosos soldados japoneses se inmolaron en nombre del País del Sol Naciente, asumiendo que sus actos de sacrificio eran expresiones de profunda devoción.
La obra, que está dotada de la habitual solvencia artística del realizador ruso, sugiere, en buena medida, que el emperador tuvo más responsabilidad de lo que se piensa en la conducción de la guerra y el posterior desastre de su país.
Este discurso disiente radicalmente con quienes siguen minimizando las culpas del gobernante y su eventual incidencia en los horrores de la guerra y la vocación autodestructiva de una sociedad que no comprendió lo que estaba sucediendo hasta que fue tarde.
Este largometraje procura dirimir la controversia, abordando particularmente el período entre la derrota militar de Japón y la declaración del propio Hirohito, quien, abrumado por el fracaso, confesó amargamente que era un ser humano como cualquiera de nosotros.
Desde su propio título, es claramente explícita la contradicción semántica entre el sol como símbolo de vida y grandeza y el inexorable ocaso de un país derrotado, humillado, desgarrado y condenado a aceptar todas las condiciones de su enemigo.
En este caso, este crepúsculo está íntimamente asociado al personaje del propio emperador, quien, al aceptar que ha perdido bastante más que una guerra, comienza a asumir su propia falibilidad humana.
Como en obras precedentes de Sokurov, en las cuales los protagonistas reales eran también hombres que en el pasado detentaron todo el poder, Hirohito aparece, más allá de sus errores, profundamente humanizado.
Al describir la agobiante depresión del emperador en medio de la tragedia de una Tokio en ruinas, el realizador ingresa en la intimidad del personaje más allá del mito.
El filme expone descarnadamente- la cotidianidad, las fragilidades y vulnerabilidades de un monarca desolado, que aterrizó en la realidad por la propia dinámica de la historia.
La película confirma la predilección del realizador por la exploración del tema del poder, con sus visibles fortalezas y sus humanas y casi siempre ocultas debilidades.
«El Sol» es una obra de impecable caligrafía artística, que convoca a reflexionar en torno al poder, el autoritarismo, el desencanto y la frustración.
EL SOL. Producción: Rusia, Italia, Suiza y Francia 2005. Dirección: Aleksandr Sokurov. Libreto, Yuri Arabov, Jeremy Noble. Fotografía, Aleksandr Sokurov. Música, Andrei Sigle. Montaje, Sergei Ivanov. Productores, Igor Kalenov, Marco Muller, Andrei Sigle. Reparto: Issei Ogata, Robert Dawson, Kaori Momoi, Shiro Sano, Shinmei Tsuji, Taijiro Tamura.
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