Dormía donde podía
-He sido aventurero, como hombre joven y libre. En mi casa no podían darme más de lo que me dieron. Me querían retener, es lógico, pero yo no veía horizonte al lado de mis padres. Seguí estudios secundarios.
En cuarto año dejé y me largué a conocer mundo por mi mismo. Me fui al norte del país. Viví dos años casi enteramente a caballo, sin dormir nunca en una cama. Anduve peonando en Río Grande del Sur.
Desde gurí me había hecho jinete, agarrando caballos sueltos por ahí, jineteando terneros al principio. Caballo sin dueño conocido, le ponía medio freno y era mío.
Hice vida de gaucho. Sólo a los 18 años tuve caballo realmente mío, un tostado muy bueno que llamé «Tupamaro».
Desde Rivera hasta el Chuy, conocí pago por pago, arroyo por arroyo. Quedaban lejos aquellos años de pupilo en Montevideo, en el Liceo Francés, donde me asomé a Mallarmé y a Valéry.
De los bienes de mis antepasados quedaban sólo las mentas. De mi abuelo don Juan Rodríguez Castro, que tuvo estancia en el Batoví, apenas alcancé a ver la marca, una argolla con una especie de flecha arriba, como símbolo de años de opulencia.
Todo eso quedaba lejos. Yo debía enfrentar la vida. Me largué, sin freno alguno. Tenía todo el mundo por delante. Fui aguatero en los quebrachales del Chaco.
Trabajé en la cosecha de la uva, en el sur argentino. En cualquier parte me hallaba la noche. En cualquier lugar dormía, donde me agarraba la noche».
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