Aniversario. Hace 83 años nacía Osiris Rodríguez Castillos

La poesía como herramienta social

Cuestionado y cuestionador, Castillos fue un impecable trasmisor de paisajes y de vivencias del hombre de campo, alguien que dejó una impronta en el movimiento de la canción de raíz folclórica y uno de los creadores de mayor prestigio en América.

Sus canciones han sido interpretadas por distintos artistas de varias latitudes. Desde Jorge Cafrune, Los Fronterizos, Los Andariegos, Carlos Di Fulvio, José Larralde, Eduardo Falú, Los Olimareños, Numa Moraes, Santiago Chalar, entre muchos, hasta Joan Manuel Serrat, se adueñaron de su cancionero. Tuvo además una particular amistad con Eduardo Falú, quien fue el primero que grabó «Cielo de los tupamaros», una canción emblemática en los años de la resistencia.

En diciembre del año 1962, cuando estaba en la cima de su popularidad, concedió una entrevista el poeta León Benarós, de la cual hoy LA REPUBLICA ofrece un extracto.

 

-Usted es oriental, por supuesto…

-Así es. Nací en Montevideo, como para darle la razón a Concolorcorvo, que describiendo los gauderios (gauchos de entonces), decía ya en 1773. «Estos son unos mozos nacidos en Montevideo y en los vecinos pagos. Mala camisa y peor vestido, procuran encubrir con uno o dos ponchos de que hacen cama con los sudaderos del caballo, sirviéndoles de almohada la silla. Se hacen de una guitarrita, que aprenden a tocar muy mal, y a cantar desentonadamente varias coplas, que estropean, y muchas que sacan de su cabeza, que regularmente ruedan sobre amores. Se pasean a su albedrío por toda la campaña, y con notable complacencia de aquellos semibárbaros colonos, comen a su costa y pasan las semanas enteras tendidos sobre un cuero, cantando y tocando»…

«Nací en Montevideo el 21 de julio de 1925, en una noche de tormenta, a eso de las tres y pico de la madrugada, según mi madre me contó. Pero me crié en Sarandí del Yi, departamento de Durazno, justo en el centro de la Banda Oriental, un poco al sur del Río Negro.

Vivimos en una casa antigua, que había sido comisaría. No había luz eléctrica ni nada por el estilo. Sólo montes: monte criollo, monte bajo. Chalchal, talas, pitanga, guayabo, molle…

 

-Sabemos que usted viene de gente criolla muy antigua.

-Sí. Mi apellido materno, Castillos, es portugués, y primitivamente se escribía con hache y ele: Castilhos. Lo castellanizó mi abuelo Loreto Castillos. El nombre de mi padre es Genuino Rodríguez Castro.

 

-¿Desde cuándo empezó a aficionarse a la guitarra?

-Desde siempre. A los cinco años ya tocaba, aunque de oído. Mi madre, de niña, había estudiado el violín. Mi padre era también guitarrista. Pero mis estudios musicales serios empezaron con el piano. Nunca me pude explicar cómo pudo llegar el piano aquél a la casa de mis padres, en ese humilde pueblito de Sarandí del Yi. A los tumbos, seguramente, lo habrían traído entre las huellas… Porque el ferrocarril aún era un mito en esos lugares. Yo tenía seis años de edad. Iba a la escuela de las chacras, algo lejos del pueblo, acompañado en un Ford a bigotes ­el único del lugar­ por mi tía maestra. Quien sabe con qué sacrificios, una vez por semana llegaba desde Florida un profesor, a darme clases de piano. Estudié duro como hasta los catorce años de edad, hasta diez horas por día. Clásicos, por supuesto. Hice casi nueve años completos de estudios, alcanzando el profesorado superior. Después dejé. La vida me llevó por otros rumbos. Cuando me casé, heredé el piano. Y una vez, lamentablemente, me vi obligado a venderlo para pagar el alquiler.

 

-¿Cuál es el sentido que da usted a la poesía?

– Como poeta me siento obligado a crear cosas que funcionen para los demás. Creo que la poesía es una actividad esencialmente social. Me siento la parte sensible de la sociedad, me debo a los otros.

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