Baraka. Obra de María Goos, en el teatro Metropolitan 2 de Buenos Aires

Nosotros, los de entonces,ya no somos los mismos

Baraka contrapone los indiscutibles valores de la amistad a una serie de miserias: la ambición, la falta de compromiso personal, el pánico, la cobardía».

Es una fórmula conocida: el filme «Reencuentro» de Lawrence Kashdan es un ejemplo a recordar; también pertenecen al género «El tiempo y los Conway» de Priestley, y el brillante primer acto de «Erling» de Cristine Hellstrom que viajará al próximo festival de Cádiz.

Pero este reencuentro es una serie de desencuentros. Pedro (Darío Grandinetti) un homosexual de especial sensibilidad para las artes plásticas, ignora la aguda crisis maníaca de Tomás (Jorge Marrale) un abogado suspendido en su profesión y que acaba de salir, no del todo en sus cabales, de una clínica psiquiátrica; ignorancia que permite a la autora narrar, por el mismo abogado, la triste historia. Pedro tiene un problema, que la obra plantea muy confusamente, sobre si puede quedarse con unos cuadros de un pintor tan hambriento, desconocido y muerto ayer como famoso y valioso hoy, cuadros que hubo de una dependencia estatal donde trabaja, como un equivalente de prestaciones económicas que no gozó cuando le correspondía. El ministro del ramo lo acosa por teléfono, Pedro recurre a los servicios de Tomás y cuenta con el posible apoyo de Julián (Juan Leyrado), un político que acaba de abandonar a su familia y que tiene una amante casada y que quiere ser ministro de Relaciones Exteriores en el inminente nuevo gabinete a formarse; ya se nos adelanta, premonitoriamente, que ha renegado de su partido originario para mayor gloria de su carrera política. El último en aparecer es Martín (Hugo Arana) un director y productor de teatro que está por estrenar una obra que protagonizará su amante, que es… shhh… Laura, la hija de Julián el político. Demasiadas peripecias ya; y no contaremos ni el nudo ni el desenlace.

La obra se presenta en función de sus cuatro actores, con el impacto en el público de una larga y a menudo muy meritoria carrera; es inevitable el recuerdo de «Los lobos», de Luis Agustoni, donde actuaban los cuatro. Es muy claro que el director Javier Daulte no ha intentado siquiera uniformizar los estilos de interpretación, en particular los de Leyrado y Marrale, dos extraordinarios actores que en «Baraka» hacen muy poco más que repetir sus tics y sus a menudo ricos matices de voz; Arana y Grandinetti parecen más ocupados en sus papeles, más dispuestos a olvidarse de sí mismos.

El efecto final, con una muerte, es tan sombrío como superficial y pertenece a una comedia negra; contrasta, sobre todo, con el libreto previo, donde hay una permanente búsqueda de la risa y el aplauso, que sucede a telón abierto, a costa de recursos como condimentar con cierto conocido residuo humano cualquier pregunta, exclamación, grito o susurro y muy evidentes payasadas, como la imitación, por los cuatro, del cantante Raphael. Los personajes, pese a la abundancia de sus textos, nos resultaron pobres, esquemáticos; las situaciones parecieron estiradas por mera cháchara, como si debieran rendir una determinada extensión. Confesamos que nos cansaron las pequeñas, tan exasperadas como exasperantes miserias de la vidas conyugal de Julián, contadas prolijamente hasta un punto en que este espectador suspiró por un pronto divorcio o su cargoseo puritano con el vestido (inexistente) de su hija en la pieza de Martín y las disquisiciones de Tomás sobre su posible defensa de Pedro.

La obra es un éxito de público; pero Buenos Aires va al teatro. En salas más pequeñas, tanto la pieza de Alejandro Tantanián «Los sensuales» como «Los últimos felices» de Paco Giménez agotaron las localidades.

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