Winnie the Pooh sufre depresión, según psiquiatras

Ottawa, 13, Ansa

La conducta y los actos de Winnie the Pooh, Eeyeore, Tigger, Christopher Robin y todos los personajes nacidos de la pluma de AA Milne, según estudiosos de psicología infantil de la Dalhousie University de Halifax, Nueva Escocia, revelan estados depresivos y problemas en la capacidad de concentración, pero demuestran también la fragilidad de la naturaleza humana que no siempre es necesariamente un defecto.

«El mundo está lleno de gente maravillosa, a la que amamos a pesar de sus rarezas», señala Sarah Shea, del grupo de pediatras que publicó en el Canadian Medical Association Journal las conclusiones de un estudio sobre la psicología, por ejemplo, de Pooh.

El diagnóstico oficial para él es «hipercinismo, combinado con incapacidad de concentración y agravado por formas obsesivas, como su insaciable deseo de consumir miel».

La terapia más común en este caso residiría en psicofármacos estimulantes, como suele pasar con un niño cada cuatro con problemas de concentración en las escuelas primarias de Estados Unidos.

Sin embargo, las ironías y paradojas de Pooh pueden llegar a ser formas de humanidad y hasta de sutil inteligencia, según Shea, quien desconfía de quienes, considerándose libres de pecado, arrojan la primera piedra. De este modo coloca al resto del estudio bajo el lema del buen humor.

A su juicio de nada servirían los sedantes para ahorrar al ansioso y aprensivo Piglet los traumas del fracaso, cada vez que intenta capturar a los heffalumps, animales multicolores soñados por Pooh.

Se requerirían en cambio blandas sustancias psicotrópicas y tonificantes para el caso clínico más clásico del grupo: el triste burrito Eeyeore, que todo lo ve gris en la bruma de su depresión.

No es clara la cura, pero preocupa el pequeño Roo, que corre riesgo de convertirse en un adolescente asocial, criado por la hiperprotectora Kanga, mientras su único modelo masculino es el inconsciente Tigger, para el cual sería aconsejable un cóctel de estimulantes y calmantes.

La respuesta a tantos problemas, concluyen Shea y sus colegas, no reside totalmente en la psicoterapia y los fármacos, sino en la atención a problemas típicos de la infancia, que a menudo indican «el revés oscuro de un universo sumamente humano».

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