Fotografía comprometida
Isabel Muñoz, fotógrafa catalana nacida en Barcelona (1951), se caracteriza por un afán de investigación permanente en series que han recorrido el mundo dedicadas al flamenco, a los toros, el tango, las danzas orientales, la prostitución infantil y las víctimas de las minas antipersona en Camboya. En Maras, la cultura de la violencia, muestra que se exhibe en el Centro Cultural de España hasta el 30 de agosto) enfoca una realidad terrible y temible con intrepidez inusual.
Entre 1930 y 1982, la república de El Salvador fue gobernada por seis generales, cuatro coroneles, siete juntas militares y siete golpes de estado. Simón Bolivar, recuerda Pablo L. Monasur, profetizó «Nunca seremos dichosos». En 1992, el 20% de las familias más ricas recibían más de la mitad de los ingresos nacionales mientras que el 20% más pobre sólo alcanzaba el 3.2 %. La guerra civil dejó 75 mil muertos y miles de desaparecidos. El terror institucional incrementó la guerrilla. De los 6.822.378 habitantes de El Salvador 2.500.000 se vieron obligados a emigrar a Estados Unidos. El resultado de esta conflictiva situación fue la aparición de las pandillas Maras, nacidas en Estados Unidos, especialmente en Los Angeles, ciudad californiana que llegó a tener 1.350 pandillas integradas por 150 mil jóvenes entre 11 y 18 años, luego instaladas en El Salvador, Guatemala y Honduras. Entre 2000 y 2004, fueron expulsados de Estados Unidos 20 mil delincuentes y llegaron a varios países centroamericanos para hacer lo que quisieran. «Y lo mejor que sabían hacer era delinquir», según afirmó el ministro de Seguridad de Honduras.
Al regresar, encontraron sociedades miserables, explotadas y corruptas, desnutrición y analfabetismo. En El Salvador existían, en esa época, 39 mil miembros activos de las Maras, el doble de la guerrilla durante la guerra civil. Los miembros de la Mara (difundidos por videos en televisión) poseen una ideología confusa , no se movilizan por dinero o la droga, ni son criminales de oficio, son pobres y buscan el compañerismo, la casa que no tienen la encuentran en la calle, donde viven, se basan en el ocultismo y su fortaleza radica en la Bestia o el Maligno. Marcan su territorios con un lenguaje específico, se comunican por señas y gestos, que trasladan a la superficie de todo el cuerpo en espectaculares tatuajes.
Isabel Muñoz decidió arriesgarse para documentar las pandillas Maras en las cárceles de extrema seguridad de El Salvador. Su cámara registró, en una suerte de ensayo antropológico, los cuerpos tatuados, la mirada desafiante de los protagonistas, los muros carcelarios poblados de leyendas y dibujos, un retrato implacable de la insanía que impone el capitalismo salvaje, que hace metástasis y no tiene fin.
Muy diferente fue el compromiso en Queridos todos de Oscar Bonilla (Colección Engelman Ost), una muestra de corta duración. Una refinadísima mirada intimista presentifica las cartas (en sobrefundidos de paisajes montevideanos) enviadas al (y del) exilio sueco de Bonilla, rescata un ayer no muy lejano de la historia nacional (el de la dictadura militar) y va construyendo la memoria individual y colectiva, una lírica, tierna, secreta, evanescente realidad familiar y social, sesgadamente entrevista, apoyada en los irrefutables montones de cartas atadas con moñitas de color y exhibidas en vitrinas.
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