LIBROS: Realismo. "Para una tumba sin nombre", obra maestra de Juan Carlos Onetti

La radical decadencia de una sociedad huérfana de valores

En «Para una tumba sin nombre», novela corta publicada originalmente en 1959 y recientemente reeditada por el Grupo Editorial Santillana, el inconmensurable Juan Carlos Onetti ensaya una tan reveladora como ácida radiografía de las peores miserias de la condición humana.

El prestigioso escritor, que nació en 1909, en Montevideo, y falleció en 1994, en Madrid, fue uno de los más grandes creadores de la narrativa nacional contemporánea.

Desde la publicación, en 1939, de su emblemática novela corta «El pozo», Onetti marcó rumbos en la literatura uruguaya e hispanohablante, mediante un estilo ácido, cuestionador y despiadadamente incisivo.

Su incansable actividad periodística le permitió transformarse en un agudo testigo y crítico de la realidad, que proyectó sus angustias e inconformismos a su vasta producción creativa.

Fue encarcelado por la dictadura que lo acusó de promover la pornografía, por su participación, en calidad de jurado, en un certamen organizado por el semanario «Marcha», que fue ganado por el censurado cuento «El guardaespaldas».

Su exilio en España le permitió cosechar el reconocimiento definitivo como uno de los grandes referentes de las letras castellanas, cuando, en 1980, recibió el prestigioso premio Cervantes».

En un plausible esfuerzo editorial, el grupo Santillana inició, el año pasado, la reedición de la vasta producción narrativa de Juan Carlos Onetti.

Los siete primeros libros publicados en el marco de esta colección, son: «El pozo», «Los adioses», «La vida breve», «El astillero», «Juntacadáveres», «Tierra de nadie» y «Para esta noche».

Al igual que en otros títulos del emblemático escritor, «Para una tumba sin nombre» está ambientada en Santa María, el ficticio paraje nacido de la imaginación del prolífico autor, una suerte de Mancado uruguayo poblado de seres marginales y micromundos clausurados por la angustia y la resignación.

Como es habitual en la literatura de Onetti, esta es una historia de seres dramáticamente vulnerables y de obsesiones febriles y concatenadas, casi siempre rayanas con la paranoia.

La radicalidad del planteo narrativo se percibe desde el comienzo del relato, cuando un mínimo cortejo fúnebre integrado por apenas dos hombres y un añoso chivo, acompaña a un féretro, en cuyo interior yace el cuerpo de una mujer anónima, rumbo al cementerio.

El calor ambiental del día veraniego contrasta con el corazón congelado de los circunstanciales deudos, la pétrea frialdad de las lápidas y el penetrante olor a muerte que gobierna el camposanto. Esas primeras imágenes impactan fuertemente al lector, quien, inmediatamente, experimenta la estremecedora conmoción de lo inexorable.

El deceso de esa mujer que descansará en esa «tumba sin nombre» y tan anónima como ella, es realmente el disparador de la trama literaria que se expande en el decurso de una narración que es, casi siempre, deliberadamente laberíntica.

Tomando distancia de sus atribulados personajes, Juan Carlos Onetti transforma al doctor Díaz Gray, el médico de la decadente Santa María, en el testigo y relator de esta historia, que, a su vez, contiene muchas historias.

Sin embargo, el narrador no es realmente el protagonista, sino el cronista que registra las inflexiones emocionales de las criaturas literarias, sus angustias e infortunios.

«Era así: un velorio en el que durante muchos horas, no hubo nadie…yo, un cadáver y un cabrón rengo y hambriento. Nada más que eso».

La contundencia de esta primera imagen constituye, sin dudas, un descarnado testimonio de la soledad y el ominoso desamparo, en el cual viven y mueren algunos seres humanos condenados a la perpetua exclusión.

El protagonismo casi excluyente del libro es de Jorge Malabia, un joven de posición acomodada pero no menos marginal, quien comienza a transitar la compleja frontera que le separa de la edad adulta, consciente de la mediocridad del medio social que le rodea al cual no puede sustraerse.

Su presencia en el cementerio acompañando el ataúd donde reposa el cuerpo de la misteriosa Rita, no es ciertamente una coincidencia. Hay, en efecto, un oscuro pasado que lo vincula a ese transgresor personaje femenino y hasta al enfermo chivo que comparte el duelo.

No obstante, ese sepelio ­que no parece tener nada de especial salvo la indiferencia de los pobladores de Santa María ante tan luctuoso acontecimiento- es realmente el desenlace de una historia trágica y conmovedora.

Onetti transforma al médico en relator y entrevistador, en una suerte de experiencia casi de investigación periodística, destinada a desentrañar los secretos que se ocultan tras esa muerte.

El galeno, que es un personaje obsedido por una situación que no entiende pero quiere entender, interroga, durante varios días y hasta las últimas consecuencias, al joven Malabia y a su amigo Tito, con el propósito de reconstruir el pasado reciente.

Ambos son actores de una tragedia representada en varios episodios, que discurren en la dramática secuencia existencial de la enigmática mujer.

No es extraño que parte del relato se desarrolle en Buenos Aires, donde Juan Carlos Onetti vivió y trabajó durante varios años, en una suerte de exilio voluntario que precedió, en el tiempo, a su definitivo destierro a España durante la dictadura.

Aunque la peripecia literaria revela los fuertes contrastes existentes entre la megaurbe real y la mínima Santa María ficticia, el emblemático escritor sugiere que, en algunos casos, la miseria es siempre una suerte de condena.

En el caso concreto de la atribulada Rita, que vegeta en compañía de su chivo, Buenos Aires opera como un universo de dos rostros radicalmente diferentes: la gran ciudad con sus sueños de grandeza y el territorio del desencanto y la renovada frustración.

Juan Carlos Onetti imprime un deliberado curso sinuoso a la historia, mediante la acumulación de versiones contradictorias en torno a la relación entre la mujer y el joven Malabia.

El propio doctor Díaz Gray lo expresa en tono elocuente: «…Quiero decir que la historia da para mucho más, podría ser contada de manera distinta otras mil veces…»

Como en otros emblemáticos títulos del excepcional narrador, abundan los seres marginales y sus recurrentes miserias: prostitutas, timadores, proxenetas y meros vividores.

Salvo en el caso del médico relator, que es una suerte de atento testigo y compilador de relatos y memorias, la catadura moral de los personajes es altamente cuestionable.

Juan Carlos Onetti reinventa la realidad a través de sus criaturas literarias, en una suerte de ejercicio de exploración de conductas individuales y perfiles psicológicos.

De algún modo, la pulsión de los personajes ­que son intensamente humanos- asume una dimensión cuasi patológica, que está representada, en muy buena medida, en la obsesión por la fabulación.

«Para una tumba sin nombre» es una historia de contumaces mentirosos y sombríos marginales irredentos, que se revuelcan en el fango de sus propias miserias, angustias, futilidades y frustraciones.

Como en toda su extensa producción literaria, Juan Carlos Onetti ensaya una cruda y casi siempre despiadada radiografía de la condición humana, que denuncia, explícitamente, los grotescos rasgos de una sociedad en radical descomposición moral.

(Editorial Santillana)

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