
Esta película parece haber sido hecha a la medida de Smith, que suele verse más cómodo en filmes de acción o comedias desmedidas que en papeles que le requieran dotes dramáticas que, para ser sincero, parece que no le sobran.
Y en esta oportunidad cuenta con un director que le hace el juego (Peter Berg, autor de ese pasquín fascistoide llamado “El Reino”) y la conjunción da por resultado un producto industrial que llenará cines a lo largo y ancho del mundo, recaudará toneladas de millones (costó 150 millones) y nadie recordará a los pocos minutos de salir de la sala. Pero la fórmula es eficaz, de eso no hay duda. También “Hancock” parece confirmar que estos son tiempos de antihéroes imperfectos, como el caso de Indiana Jones, por ejemplo. Por otro lado, este moreno (Smith) es de los actores más taquilleros de Estados Unidos (supuestamente convertido a la Cientología esa seudo secta encabezada por Tom Cruise) y en esta nueva película, está claro que pretende mantener el romance.
Después de incursionar en películas “serias” como “Alí”, “En busca de la felicidad” o la interesante “Soy leyenda”, retoma el universo del vértigo y las explosiones para darle vida a un personaje al que nada parece importarle, anda siempre con una botella en la mano, se mete en líos cada vez que intenta hacer una buena acción y ya tiene un poco harta a la población de Los Angeles que lo ven más como una distorsión que como una ayuda.
Un buen día, luego de poner de cabeza a media ciudad, le salva la vida a un poderoso relaciones públicas (Jason Batman) y cae en la cuenta de que más allá de su arrogancia, también tiene puntos vulnerables. Es que más allá de sus poderes, Hancock descubre que necesita ayuda espiritual y moral y la película realiza algunos planteos sobre la búsqueda de la seguridad personal y la autoestima. De alguna manera, eso humaniza a un personaje que a primera vista puede aparecer como un estereotipo inaguantable, ya que se trata de un hombre que vuela, pero tiene los defectos de cualquier terrícola. Tan terrícola que se entrevera emocionalmente con la esposa del ya mencionado relacionista (la finísima Charlize Theron), que primero hace arcadas cuando lo ve, pero, a veces pasa, se ve atraída magnéticamente por él.
Entre explosiones, corridas vertiginosas, escenas espectacularmente filmadas y un personaje que termina siendo simpático, “Hancock” se resume como un producto fabril al menos entretenido, sin excesos de metraje (dura 92 minutos) y que si el espectador no va con demasiadas exigencias de estilo ni ideológicas, puede valer el precio de la entrada.
No hay pecado en intentar entretener, el problema con mucho de lo que hay en cartelera, es que los caminos elegidos son trillados y al menos, aburridos.
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