Escrito por: Wilmar Umpiérrez

Y tenía que ocurrir. A alguien se le tenía que pasar por la cabeza la idea de llevar al cine, de los pelos o como sea, al viejo Súper Agente 86, aquella serie de TV que desde 1965 hasta 1970 y que por estas costas vimos a partir de los años 80 supo tener su gracia en unos 138 capítulos en los que el humor en tono burlesco hacía lo suyo en épocas de guerras frías y con James Bond como víctima de la broma.
Por entonces, la eficacia de Don Adams, dándole vida a un agente secreto estrambótico y desconcertante, acompañado siempre por su fiel 99 (Bárbara Feldom), lograron eternizar una tira pensada para la pantalla chica y que de verdad funcionaba, con inteligencia, sagacidad y fineza al momento de dejar insinuar algunas cosas. Pero, en épocas de sequías de ideas californianas, desempolvaron al funcionario de la agencia Control, para que vuelva a luchar contra los malos de Kaos. Y no es que la película sea desmedidamente mala, es que, más allá de los intentos de Steve Carrell (que no es Adams) y que después de “Virgen a los 40″ se transformó en una estrella humorística, sus esfuerzos se ven aplacados por una dirección chata y sin vuelo a cargo de Peter Segal que ya había desperdiciado el talento de Adam Sandler en “Locos de ira” o “Golpe bajo, el juego final”.
¿De qué va la trama del filme? Bien, el jefe de Control (un Alan Arkin que lleva el asunto de taquito) descubre que su agencia ha sido infiltrada por el enemigo y la identidad secreta de sus miembros ya no lo es tanto. Entonces no queda más remedio que recurrir a Maxwell Smart (86) que hasta ahora es un simple archivista que por accidente se convierte entonces en un agente activo y tendrá que viajar a Rusia acompañada por la 99, una Anne Hathaway más sexy pero menos encantadora que la Feldon, para desbaratar un operativo de Kaos, que pretende un ataque radiactivo contra Estados Unidos conducido por el maléfico Siegfried (el siempre efectivo y elegante Terence Stamp).
Por allí están algunos de los viejos trucos como el zapatófono o el cono del silencio y una seguidilla de chistes tontos, previsibles, aburridos, poco de ingenio y menos de chispa en el paquete final.
Lo destacable, algunos momentos de cierta gracia con un parodiado presidente estadounidense a cargo de James Caan (que supo aparecer en la serie original) y el compinche de Siegfried (Ken Davitian, que en Borat hacía cualquier desprolijidad junto al protagonista), pero todo esto es muy poco como para salvar algo que está condenado al olvido debido a su propia concepción.
La falta de idas ya no es nueva en Hollywood, el problemas es que parecen empeñados en arruinar casi todo lo que pasa por sus manos.
OTRAS NOTICIAS EN LARED21