Poético. Llega "El jardinero", un entrañable filme francés que explora la condición humana

La búsqueda del paraíso perdido

La película está protagonizada por dos actores de primer nivel y dilatada trayectoria en el cine galo como Auteil y Darroussin, quienes encarnan los entrañables roles centrales.

Corroborando su predilección por los ambientes bucólicos y distendidos, Becker ­responsable de recordados títulos como «Un crimen en el paraíso» y «La fortuna de vivir»­ compone un cuadro tan entrañable como intimista, que pone sobre el tapete particularmente el tema de la amistad.

No es casual que el título original de esta obra sea «Conversaciones con un jardinero», ya que la narración gira precisamente en torno a los largos coloquios que mantienen los dos personajes centrales de esta historia.

El guión, que está inspirado en la novela homónima de Henri Cueco, narra la peripecia de un cincuentón pintor parisino, que extenuado de la ciudad y agobiado por su fracaso matrimonial, se muda a un pequeño pueblo de la campiña francesa donde vivió durante su infancia.

Allí, el artista busca aliviar compromisos profesionales y desencantos afectivos en contacto con la naturaleza, en una suerte de búsqueda de su propia identidad personal.

Con el propósito de recuperar los vínculos con su pasado, contrata a un jardinero, que es un amigo de su niñez, a quien le encomienda la misión de trabajar en el huerto de su casa natal.

Todo el relato se focaliza, naturalmente, en los ámbitos espaciales y humanos de estos dos solitarios, quienes asumen una suerte de viaje retrospectivo rumbo a sus propias aventuras existenciales.

Obviamente, las conversaciones entre ambos trascienden a la pintura y la jardinería ­materias en las cuales obviamente son especialistas­ internándose osadamente en sus afectos, sus mujeres, hijos y amantes.

Pese a su evidente diversidad, los mundos de esos dos amigos no son tan diferentes o antagónicos como aparentan, porque remiten a sentimientos comunes que guardan sugerentes analogías.

De los coloquios emergen, asimismo, interpretaciones bastante más simples, llanas y frontales en torno a la naturaleza del arte como expresión de la creatividad y la espiritualidad, en su acepción más explícita y menos intelectualizada.

Mediante múltiples apelaciones simbólicas, Becker construye un sobrecogedor cuadro humano, que rescata la trascendencia de esa experiencia compartida de reconocimiento y autoconocimiento.

En buena medida, la resurrección de la huerta es una suerte de metáfora del cambio experimentado por el pintor, quien, gracias a la vivencial sabiduría de su amigo, recupera parte de los valores perdidos en una sociedad urbana realmente subvertida.

Esta experiencia de sinceramiento a corazón abierto, tiene mucho de catarsis y hasta de una perentoria búsqueda de redención, para dejar atrás algunos prejuicios y situaciones traumáticas del pasado.

A través de esos diálogos y de la revalorización de sus propias identidades, el pintor y el jardinero recuperan, en muy buena medida, el verdadero sentido de la vida, groseramente distorsionado por una cultura de convivencia posmoderna recurrentemente sumida en la incertidumbre.

El filme puede hacer reír o llorar, sugiriendo que ambas reacciones están intrínsecamente asociadas a la cotidiana peripecia de vivir y sobrevivir.

La fotografía, de trazo cuasi impresionista, amplifica la belleza del paisaje y hasta el sesgo claramente poético de un filme realmente conmovedor.

Los roles protagónicos, a cargo de dos auténticos pesos pesados del cine francés, aportan la necesaria convicción a personajes singulares enfrentados a una experiencia de metamorfosis.

Aunque pueda parecer una comedia, este es un filme de compleja clasificación, si nos atenemos a las pautas convencionales en materia de géneros cinematográficos.

«El jardinero» es un alegato humanista de dimensión ética, que convoca a reflexionar sobre la libertad individual y los verdaderos valores inherentes a la condición humana, fuertemente distorsionados por una sociedad contemporánea colonizada por la frivolidad y la insensibilidad.

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