Ñaque, o de piojos y actores, de Sanchis Sinisterra, en El Sótano
Modestos pero valientes, De los Ríos (Juan Gomero) y Solano (Mario Erramuspe) nos muestran el aniverso y el reverso de la profesión de cómico, o actor, a los comienzos del siglo XVII. Nos invitan a valorizarlos: por artistas como ellos habrían llegado al público los entremeses de Cervantes (en esta obra la escena segunda de «Los habladores»), una teatralización del ensayo de Quevedo «Gracias y desgracias del ojo del culo»; se mantuvo así una tradición viva de teatro, sin la que no hubieran existido, por lo menos en la medida en que existieron y dejaron su huella, Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón.
Hay además en esta pieza datos eruditos, de estudioso del teatro, sobre qué significa «ñaque» (compañía teatral de dos hombres), su forma de actuar, sus diferencias con otras agrupaciones artísticas. Todo esto viene en diálogos simples y directos, aunque sin brillo, con ocasionales rasgos de humor, general buen gusto, buen diseño de los personajes… ¡cuántas cualidades! Porque hay algo contra lo que no puede el autor: su incontrolada extensión, casi diríamos su incontinencia verbal, la sensación que deja en el público de que su facundia podría llevar a varias horas de ñaque, actores, piojos, historia y quién sabe cuántas cosas más; y aunque tenemos la impresión, falible como nuestra lejana memoria de las otras versiones que vimos de esta misma pieza, de que Marcelino Duffau la ha abreviado, hubo algún momento en que palabras y situaciones comenzaron a sobrenadar, a arremansarse, a dar vueltas en círculos, a repetirse.
Pero el director contó aquí con un par de actores, Mario Erramuspe y Juan Gomero, que dieron al texto vida y gracia, un poco españolas y otro poco impersonales… o criollas, que al fin somos una misma lengua. En efecto, en el curso de la representación sentimos algún desconcierto, puede que haya sido una ilusión de nuestra parte, pero, hacia el comienzo, sentimos o creímos sentir unos acentos criollos o gauchescos, como si en vez de actores españoles estuviéramos en algún circo nacional con teatro. Pero muy pronto supimos que ambos pisaban terreno firme, pese a la multiplicidad de disfraces, postizos y voces distorsionadas; y de ahí en adelante todo funcionó a la perfección y obtuvo los efectos teatrales buscados. Ambos actores tuvieron una labor difícil por lo variada; a medida que avanzaba la obra parecieron más sueltos, más dentro de sus personajes, más expresivos, más comunicativos; el trabajo de conjunto acoplado, con buena complementación. Se actuó con alegría y recibimos diversión. Nada mejor se puede decir en materia de teatro.
ÑAQUE, O DE PIOJOS Y ACTORES, de José Sanchís Sinisterra, por «Teatro sobre ruedas», con Juan Gamero y Mario Erramuspe, dirección de Marcelino Duffau. En teatro El Sótano, del Carrasco Lawn Tennis.
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