Aprile

Nanni gana las elecciones

Nanni Moretti sufre y se divierte; le nace un hijo y gana la izquierda; tiene mil proyectos para filmar y no lleva adelante ninguno. El resultado: Aprile, una de las películas más divertidas estrenadas aquí en 2000.

¿Quién habla en Aprile? El director Moretti muestra a un narrador que es un cineasta que habla en off y presenta a un personaje (actuado por Moretti), que es un cineasta que a veces habla a la cámara.

Todos pretenden ser el mismo Nanni Moretti; la película pretende por momentos ser una documental espontánea y esa presunta sinceridad y capacidad de autocrítica es lo divertido de las películas de este italiano.

Porque el personaje de él mismo que construye, es entrañable. Inseguro, volado, imaginativo, feliz por su hijo, temeroso de mil amenazas imaginarias, lleno de manías, preocupado por Italia (un país en el que que cuando comienza la película han llegado los neofascistas al gobierno).

Siente el deber de filmar la situación política y las elecciones siguientes (que ganará la izquierda por primera vez). Pero, «no quiero ni ofender a la derecha, ni quiero convencer a nadie, ni adular a la izquierda. Quiero decir lo que pienso –cavila en un momento–. ¿Y qué es lo que pienso?».

Un deber cívico, que lo lleva a tragar píldoras amargas, como mezclarse en el acto de la derecha que declaró independiente a la Padania. Su sueño, es otro. «Un musical. Los años 50, cuando toda la izquierda era stalinista. Todos menos uno, un pastelero que es trotskista y en su pastelería… baila». Musical que el personaje Moretti comenzó varias veces y suspendió por inseguridad personal, para desazón del actor principal que vez tras vez perdió otras oportunidades de actuar.

Las ansiedades y su relativa superación constituyen el nudo de la trama. La de padre primerizo. Las de izquierdista primerizo en llegar al gobierno (memorables los gritos a su candidato en un debate televisivo: «D’Alema decí algo… Decí algo de izquierda por favor… Decí algo de derecha aunque sea»). La ansiedad de dirigir a un equipo de producción, con sus constantes distracciones, en un proyecto que lo embola; la de sentir que hace preguntas estúpidas en las entrevistas. La misma ansiedad del paso del tiempo, con la impagable escena del centímetro que mide los años que le quedan.

Finalmente, de todo eso surge un poco qué es lo que quiere decir Moretti, el cineasta. Cuando el personaje ve que ningún dirigente de izquierda aparece en la escena del naufragio de un barco lleno de refugiados albaneses, recuerda: «¿Qué hacían los jóvenes comunistas en el 68? Miraban ‘Happy days’.» Ahora lo que tienen no es una deficiencia política, es una deficiencia humana.

Llegada a esta conclusión, que lo libera de adhesiones, puede tirar los miles artículos que recortó y guardó durante 20 años y finalmente… filmar el musical del pastelero trotskista y bailarín.

El final, paródico, pone entre paréntesis el «mensaje». A Moretti «le duele» Italia. Pero lo de él es hacer películas divertidas. Y en eso es bueno.

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