Cine: lo mejor del 2000
Muy posiblemente el filme Magnolia, de Paul Thomas Anderson (el mismo de Boogie Nights), merezca figurar al inicio de este balance cinematográfico como auténtica muestra de lo mejor que se exhibió en las pantallas autóctonas. Un friso monumental por donde desfilaron figuras de la talla de Jason Robards, Julianne Moore, Tom Cruise y Philip Seymour Hoffman y que superó, con creces, toda expectativa sobre posibles logros. Fue, si se quiere, la competencia más directa que tuvo la promocionadísima (y quizás sobrevalorada) Belleza americana, otro filme condecorado por el Oscar, que volvió a hacer añicos el american dream de la mano del director Sam Mendes y un elenco encabezado por Kevin Spacey y Annette Bening. Sin embargo, otro largometraje de corte monumental como El informante, de Michael Mann, quedó relegado a pesar de las nominaciones, el impactante contenido de la obra y una impecable actuación de Al Pacino y Russell Crowe. Algo similar ocurrió con Las reglas de la vida («The Cider House rules»), del sueco Lasse Hallstrom, polémica historia con un orfanato por telón de fondo y la presencia referente de Michael Caine. Pero obviando estas candidaturas hollywoodenses, resulta inevitable detenerse en la fascinante Flores de fuego, de Takeshi Kitano, una película que supo conjugar furia y ternura con un vuelo poético de singular belleza. Poco conocido por estas latitudes, «Beat» Kitano marcó la pantalla grande con su lirismo a quemarropa. Un filme deslumbrante, por cierto. También Vengar la sangre, de Steven Soderbergh, implantó su cuota de resplandores con un sobrio rescate de la mejor serie negra y el estupendo Terence Stamp en papel protegónico. Despojado y realista, The limey resultó un claro ejemplo de solidez narrativa que bien puede figurar entre lo más sobresaliente del año a pesar de haber pasado sin mayor pena ni gloria por la pantalla local.
Wenders, Jarmusch, Kusturica, Altman, Tavernier y la lista sigue…
A nivel de fascinaciones podríamos citar, además, la magia de Buena Vista Social Club, un documental de Wim Wenders que rompió todos los esquemas y se convirtió en éxito de taquilla mientras registraba el arte de varios soneros cubanos de la tercera edad redescubiertos por el músico e investigador norteamericano Ry Cooder. Otra obra a tener en cuenta resultó ser El camino del samurai de Jim Jarmusch, una genial hibridación que mezcló el hip hop, la preceptiva oriental del código de honor de los samurai y la serie negra en una suerte de parodia tan magistral como diferente. Impresionante Forest Whitaker, por cierto. En esta lista de honor El casamiento («East is East»), de Damien O’Donnell, merece, sin dudas, otro lugar de privilegio; un filme anglo-pakistaní modesto y muy inteligente sobre costumbres fundamentalistas, enlaces por contrato y choque de culturas que supo demostrar la categoría del talento. Haciendo lugar para otra foto del álbum, se integra –por derecho propio– Los muchachos no lloran de Kimberly Peirce, polémico filme basado en caso real que nos legó, además, la soberbia (y oscarizada) interpretación de Hilary Swank. De paso, cabría recordar a Celuloide de Carlo Lizzani, una producción especial para cinéfilos.
Imposible soslayar –además– la genialidad paródica de Gato negro, gato blanco (León de Plata a Mejor Dirección en el Festival de Venecia 1998), donde Kusturica retornó al peculiar mundo gitano para plasmarlo como una suerte de sublime delirio en estado de gracia, algunos toques de grotesco y un descacharrante clima barroco. De lo mejor del año. Lo mismo podría decirse de Todo comienza hoy, de Bertrand Tavernier, un crudo registro sobre jardín de preescolares en zona carenciada francesa que alcanzó supremos niveles de formulación dramática sin caer en planfletarismos ni lugares comunes. Otro producto francés digno de figurar entre lo más importante del año fue Recursos humanos, de Laurent Cantet, que se destacó por su excelsa sobriedad para narrar una historia de carácter proletario con sus correspondientes compromisos éticos. A pesar de ser una ópera prima, mostró una madurez de primer nivel y obtuvo sendos reconocimientos como el de Mejor Director en San Sebastián, el Premio a la Mejor Película en el Festival de Amiens (Francia) y el Premio Especial del Jurado en Inglaterra. En este repaso también debe aparecer La eternidad y un día del maestro griego Theo Angelopoulos, sobre ocaso de un poeta y su último acto antes de despedirse de la vida. Sin el vuelo poético de La mirada de Ulises, esta producción greco-itálica-francesa logró –sin embargo– alto impacto entre la prensa especializada. Algo muy parecido al efecto causado por En presencia de un payaso, de Ingmar Bergman, otro maestro para el mejor de los recuerdos.
El proletariado también hizo acto de presencia en Mi nombre es Joe, de Ken Loach (estrenada aquí como Mi nombre es todo lo que tengo), una crudísima radiografía sobre la relación de desempleado alcohólico y enfermera, con un notable Peter Muller en el rol protagónico. La memoria debería evocar, sin lugar a dudas, la cruel humorada feminista de Trampas de mujeres de la checa Vera Chytilová donde una emblemática venganza a dos violadores se transformaba en símbolo de un mundo dividido y prejuicioso. Mientras tanto, Corazones apasionados una comedia de historias entrecruzadas escrita y dirigida por Willard Caroll, puso otro toque de distinción en la pantalla. En esta apretada síntesis debe figurar –además– Luna seductora de Chen Kaige que, dos años después de ser exhibida en el Primer Festival de la Crítica Cinematográfica, logró exhibirse en Montevideo; La niña de tus ojos Fernando Trueba sobre encontronazos nazis con artistas hispánicos; Por amor del actor director Jeroen Drabbé, que redondeó una perfecta historia de amor y tolerancia; Dr. Akagi, de Shohei Imamura, filme dotado de un extraño realismo poético nipón y Principio y fin, ácido retrato de la burguesía mexicana según la óptica de Arturo Ripstein (cineasta que no repitió dicha solidez con la teatral El coronel no tiene quien le escriba). Sin embargo el cine azteca logró un doble impacto ya que Amores perros, ópera prima de Alejandro González Iñárritu, también dijo lo suyo con la solvencia de un cineasta veterano.
Por supuesto que La fortuna de Cookie, del maestro Robert Altman, no puede dejar de figurar entre los largometrajes más entrañables que desfilaron por la pantalla de fin de siglo. Una producción que resultó extrañamente desplazada en la ceremonia de Hollywood aunque hubiera merecido figurar en las nominaciones correspondientes a Mejor Guión y –muy especialmente– a Mejor Actriz Secundaria por una impagable Glenn Close que terminó robándose la película de principio a fin. El toque especial tampoco dejó de aparecer en Dulce y melancólico del interminable Woody Allen sobre un músico insufrible (impecablemente protagonizado por Sean Penn), que bien podría representar, simbólica pero directamente, al propio cineasta neoyorkino.
Otro filme de fabuloso encanto resultó ser Una historia sencilla de David Lynch, un director que hizo un importante giro en su producción para transformar esta historia verídica, sobre empecinado anciano que cruzó los Estados Unidos en un tractorcito, en una alegoría mayor. La sencillez de la genialidad, que le dicen. En otro orden de cosas, Viaje al principio del mundo, del portugués Manoel de Oliveira recorrió un periplo autobiográfico en busca del tiempo perdido (y sus raíces) junto a un entrañable Marcello Mast
roianni. Con tiempo muy diferente al esquema narrativo clásico, esta película rodada en 1997 marcó un quiebre que no todo el público asimiló en su real magnitud. Hablando del paso de la vida, se hace obligación citar a El tiempo recobrado de Raoul Ruiz, filme de corte monumental sobre la no menos impresionante vida y obra de Marcel Proust.
Otro tipo de rupturas desencadenó la exhibición de Los idiotas, de Lars Von Trier, filme que no obtuvo mayor resonancia a pesar de la inquietante lectura que podía desprenderse de su rudimentria puesta en escena. (Con Dogma o sin Dogma, una película que merece figurar en lo mejor del año y apta para un análisis en profundidad sobre las amplias zonas del doble discurso contemporáneo). Casi un renglón aparte para ¿Quieres ser John Malkovich? del debutante Spike Jonze, un verdadero alarde de imaginación al borde del absurdo. Absolutamente delirante y disfrutable.
Las opiniones encontradas
Con críticas desparejas figuró Los amantes del círculo polar, de Julio Medem, un filme que, con una hábil promoción local en base a sugestiva imagen ampliamente difundida, logró mayor promoción de la que hubiera merecido. Una decepción a la que puede sumársele Chinese box de Wayne Wang con una formulación estéticamente viable pero relativamente vacía de contenido para un espectador no demasiado compenetrado con el desalojo de la Corona Británica en Hong Kong.
Algo similar ocurrió con Psicópata americano, de la directora Mary Harron que no pudo superar las expectativas generadas a partir del polémico texto de Bret Easton Ellis, aunque logró cierto nivel de dignidad en su traslado cinematográfico. Por su parte, El ocaso de un amor, de Neil Jordan sobre texto de Graham Greene, fluctuó entre la delicada interpretación de la inmensa Julianne Moore y cierto clima de romance místico en equilibrado juego de montaje cinematográfico que, sin embargo, no conformó a toda la prensa especializada por igual. Lo mismo ocurrió con El mundo de Andy de Milos Forman que atravesó la pantalla sin mayores resonancias. Garage Olimpo de Mario Bechis –en tanto– generó reacciones encontradas a pesar del consenso relacionado con valores y contenidos de este duro filme sobre la guerra sucia del período dictatorial argentino. Una película intensa y desacomodadora, por cierto. Otras opiniones divididas estuvieron relacionadas con Hilary y Jackie de Anand Tucker, Una noche son Sabrina Love de Alejandro Agresti y/o Humo sagrado de Jane Campion que no logró colmar las expectativas que sus credenciales prometían.
The end
Este apretado balance también debería incluir a The hurricane, de Norman Jewison, una demoledora propuesta cinematográfica sobre la vida del pugilista negro Rubin «Hurricane» Carter, condenado injustamente a prisión por un cargo de homicidio. El filme supuso una intensa puesta en escena del director de Rollerball a lo que podríamos sumarle la impecable actuación de Denzel Washington (por la que obtuvo una nominación al Oscar).
Continuando en esquema de síntesis cabría subrayar el largometraje Vidas al límite, de Martin Scorsese sobre adrenalínico periplo de paramédico en la infernal big apple o recordar Mientras nieva sobre los cedros, de Scott Hicks, un atendible título de amores prohibidos, prejuicios y solidaridades en el marco de la segunda guerra mundial. En este resumen cabría señalar –además– a Las cenizas de Angela, de Alan Parker, otro dramático retrato sobre biografía del escritor Frank McCourt, que se transformó en best-seller, la original Pi de Darren Aronofsky que hurgó el nombre secreto de Dios y A todo corazón de Robert Guédiguian, un largometraje de notable sencillez lírica. Por último cabe subrayar una especial mención a la producción nacional que, con El viñedo de Esteban Schroeder y La memoria de Blas Quadra de Luis Nieto, lograron el récord histórico de estreno simultáneo a fin de siglo.
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