José Carbajal y su noche de rondas

Un universo despojado y conmocionante

Hay un decir tan hondo y conmovedor que hace reconocible a José Carbajal incluso a varias cuadras de distancia: esa factible voz que puede llegar desde lejos o que puede escaparse desde una ventana es tan inimitalbe como imantadora.

Carbajal es de esos individuos narradores que no le temen a las palabras, al alumbramiento de ese apalabramiento que te desnuda, te deja perplejo o te hace temblar por el solo hecho de ligarse, de generar una química y a la vez un estrépito hacia dentro de los receptores que impacta bien allá dentro, en los hemisferios del alma, como cuando uno escucha «Chiquillada» o ese recorrido fascinante que viene a ser un estupendo y nuevo compacto plagado de versiones Noche de rondas y que, el cantautor y a la vez formidable intérprete, presentó en el escenario del Teatro El Galpón.

El disco reúne quince canciones seleccionadas por José Carbajal y, desde que arranca con «La feria de las flores» (de Chucho Monge), hasta que se clausura muy sanguíneamente con «No puedo ser feliz», el arte de la versión se eleva a niveles de solvencia, convicción, buen gusto, inteligencia y refinamiento.

Con Noche de rondas, Carbajal practica un puntilloso, celebratorio y a la vez desgarrante, piadoso e impiadoso ensayo amoroso que seguramente posee un receptor exclusivo, acaso porque si bien las canciones provienen de autores varios, casi que por su disposición en el compacto se pueden oír (hacer una lectura) como una unidad y con referente (femenino) puntualismo.

La labor de los instrumentistas se desarrolla a lo largo del compacto (al igual que en la presentación en vivo) con fluidez y versatilidad, además de un claro virtuosismo que le otorga las coloraciones o texturas apropiadas a cada tema y que, evidentemente, son el soporte de excelencia de un Carbajal lisa y llanamente irrepetible. El trabajo metódico, de gran sobriedad de Quique Cano en el contrabajo a lo largo de todo el disco, las bienvenidas intervenciones del trompetista Pato Olivera (en «La feria de las flores», por ejemplo) y las finezas en el piano del impecabilísimo Fernando Goicoechea («Echame la culpa» o en la excelentísima versión de «Tres palabras»), la destreza del violinista Daniel Lasca y del guitarrista Gustavo Peralta o de Eduardo Acevedo en armónica promueven un todo, un entramado sonoro global y particular, verdaderamente regocijante y en donde la hechura arreglística le otorga los climas adecuados a ese decir desgarrado.

Regocijante es también oir a un Carbajal cada vez más cantor, más dueño de sus potencialidades (su manera de susurrar, de balancearse tan cómodo en su paleta de tonalidades, de desgarrarse como en la brillante interpretación de «Fallaste corazón» lo mejor del disco y la mejor evidencia de cómo se debe abordar una canción ajena y hacerla de su propiedad), tal vez melancólico y sombrío –y en donde las lógicas del placer y el dolor son la misma cara de una moneda– por más que por momentos los lúdicos climas mariachis le den otro aire y sobre el asunto, además de la estética minimalista. Lo cierto es que José Carbajal, acudiendo a compositores tan diversos como José Alfredo Giménez (del que se incluyen su clásico «Corazón corazón» o «La media vuelta», entre otros temas), los emblemáticos Virgilio y Homero Expósito (para que Carbajal efectúe una aplicada versión de «Vete de mí»). María Teresa Lara (donde se hace una interpretación movilizante de «Noche de ronda»), Julio Gutiérrez (con otro clásico como «Inolvidable») o Sarabia Rodríguez (con la revulsiva versión carbajalina de «Ansiedad») entre otros, funda un universo despojado y a la vez de contenidos conmocionantes. Este disco es una de las ediciones más importantes del año, por las razones anotadas: Carbajal y su delicioso arte de la versión, con la elección de un repertorio muy cuidadoso. Pero además el formato acústico –donde vale insistir en el lucimiento de los instrumentistas– le cae a medida a este Carbajal tan personal, tan carnal. Uno escucha y escucha «Fallaste corazón» y hay que celebrarlo por tanta nobleza, por tanta profundidad interpretativa, tanta belleza a secas.

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