El humor de Carlos Perciavalle llega al Teatro Movie Center
Frente a la solidez profesional de Perciavalle (y su calidad artística) lo de Tangalanga podría interpretarse como la otra cara de la moneda.
Una realidad que parece haber aterrizado a los ponchazos para quedarse entre palabrotas y agresiones. La base «cómica» de Tangalanga, por ejemplo, se fundamenta en «bromas» telefónicas en las que el «humorista» insulta y hace enojar a su víctima hasta niveles de exasperación. (Algo similar al lamentable «Peor día de tu vida» que popularizó Tinelli tiempo atrás).
No está de más, entonces, reflexionar sobre algunas realidades que se están dando en el espectáculo y los medios de comunicación. En lo específico podríamos hablar de la (casi) total ausencia de programas humorísticos. Otros fueron los tiempos donde actores cómicos como Raimundo Soto promovía la carcajada gozosa en las «Noches cultas» de Telecataplum, hace más de cuarenta años. En realidad, los últimos picos de comicidad podrían detectarse con No toca botón por el año 1987, año del fallecimiento de Alberto Olmedo. Luego, como si hacer reír costara demasiado, los proyectos han naufragado en el olvido, salvo el feroz Cha Cha Cha de Alfredo Casero que, precisamente, aquí no llegó en la televisión abierta. Muy atrás han quedado las ingenuidades de Pepe Biondi, el «Contra» Juan Carlos Calabró, Ricardo Espalter y Enrique Almada con «El Toto Paniagua» o el simplón de Carlitos Balá. ¿Dónde está, por ejemplo, la elegante gracia de Juan Verdaguer? Ahora la agresividad ha desplazado al chiste y hasta Marrone o Roberto Barry impresionan como tímidos transgresores frente a los golpes bajos, chabacanos y escatológicos de cualquier reality, programa de chimentos o presunto espacio cómico. Los supuestos chistes pícaros que circulaban en aquel legendario banco de plaza de «La tuerca» donde se reunían algunos jubilados (¿se acuerdan de Vicente Rubino y el latiguillo de «indifrún indisheguen»?) parecen cuentos infantiles a la luz de este ultra cambalache siglo XXI. ¿Qué ha pasado con la entrañable comicidad de un Arthur García «Wimpi», Peloduro, Juceca o el recientemente desaparecido Fontanarrosa? Apenas sobreviven algunos popes como el mismísimo Carlos Perciavalle, Antonio Gasalla, Alejandro Dolina o Les Luthiers, a modo de saludables referentes de un humor que parece perdido. Quizás Carlos «Desbocatti» Tanco y Tocata y Fuga con Berugo Carámbula puedan «salvar la petisa» nacional entre tanto plafón bajo. Pero no alcanza. Por un Tato Bores han aterrizado centenares de «cómicos» a lo Corona y lo que un libretista como «César Bruto» lograba, ahora se ha disipado entre bambalinas. Uno puede advertirlo al comprobar que hasta el chiste blanco y naif de Eduardo D´Angelo parece quedar como reflejo histórico que vuela medio siglo atrás y luce desubicado en medio de tanta grosería.
Mucho de lo que hoy se ve, se empantana en zafadurías al estilo de Héctor Perry, algún chispazo de «Bananita» González, Horacio Rubino, Luis Alberto Carballo (que imita, sin querer, a Olmedo), Carlos Barceló u otro carnavalero que no logra remontar las sanas locuras del Loro Collazo, la «Troupe Ateniense», Carlos Alberto Modernell (libretista carnavalero y guionista del lejanísimo «Casimiro Parola, el hombre que lo arregla todo con una palabra sola», «El Peluquero» y, más recientemente, «El gauchito del talud») o el gran Carmelo Imperio (otra vez nos vamos medio siglo atrás). El asunto está complicado pero, al menos, Perciavalle va a disipar las dudas que alguien pueda tener sobre el auténtico buen humor. Las localidades para su show tienen un valor de $ 170 y se pueden adquirir en la boletería del teatro de 15.00 a 22.00 horas.
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