Viaje al interior metafísico
Los escenarios llamados «no convencionales» tienen sus propias convenciones. Hombres y mujeres suelen estar pintarrajeados, visten colorinches harapientos, llevan adornos insensatos, usan pelos tan largos como a menudo artificiales; el lenguaje, antinatural tanto en lo vocal como en el sentido, quiere ser metafísico y, por supuesto, no pasa de una media lengua entre solemne y pedantesca.
En particular el escenario de la ex quinta de Santos, en el estado en que hoy está, inspira historias de neuróticos o aun de locos, de fracasos y dolores mal expresados; y no se ve qué otra cosa puede hacerse con esos despojos, que de entrada gritan decadencia y caída. El viaje de Atanor, que si no nos equivocamos es la primera obra de Diana Veneziano, no escapa a estos lugares comunes.
Veneziano tiene una idea válida, pero alienta la errónea creencia de que la puesta en escena es todo. Atanor, un escritor que agoniza, es visitado por Aine, una mujer probablemente irreal pero con seguridad portadora de la muerte o de alguna extinción peor y que recuerda a la dama de negro que atormentó las últimas horas de Proust; una pléyade de seres semihumanos, los «Banshees», parecen interesarse en él y hasta protegerlo.
Atanor emprende un último examen de su vida mediante un viaje subjetivo a las ruinas de su pasado, un poco a lo Ibsen con Peer Gynt y otro poco a los viajes en el Bardo de que habla Alexandra David -Neel en Místicos y magos del Tibet. Al fin, Atanor y Aine se unen en un abrazo mortal en una fuente, que es un nuevo comienzo: una niña rubia, de mirada tierna y angelical, está al fondo, sentada en una silla y mira al infinito futuro bajo una clara luz.
La realización de la idea adolece de énfasis y de falta de elaboración dramática. La idea se presenta en una forma demasiado directa, casi didáctica. En el teatro y en la narrativa debe haber ideas; pero esas ideas palidecen si no las sostiene un rostro humano. Si la exposición no anima, a la vez, a un nuevo ser de carne y hueso, la empresa toda empieza a replegarse a los anaqueles destinados a la sociología o a la filosofía, donde por ahora Veneziano no puede pretender un lugar destacado.
Atanor, con todas sus debilidades, con su cuerpo tambaleante y su mirada perdida, no llega a convencernos ni de su humanidad ni de su extravío simbólico. Le faltan a Veneziano datos vivos para hacerlo existir, como una cometa que, demasiado rápidamente elevada, se pierde en el cielo; para constituirse en símbolo le faltan poderosas ideas, distintas de las comunes y corrientes sobre el ciclo de vivir y morir.
Estas carencias de fondo vienen embaladas en agradables envolturas visuales, en el estilo de El bosque de Sasha, de Roberto Suárez; posiblemente son mejores. Como directora, Veneziano ha trabajado a consciencia con los problemas de escenificación que le presenta la ex quinta de Santos, y en líneas generales su labor es buena, superior sin duda a su anterior puesta en escena de El vals número seis, de Nelson Rodrigues.
El espectador, que extraña las butacas de las hospitalarias salas convencionales, se pregunta por qué Veneziano fue a buscar tan lejos las dificultades.
El viaje de Atanor, de Diana Veneziano, en el «Proyecto Calibán». Con Alberto Sejas, Victoria R. Garbero, Nelson González, Carolina Silveira, Daniel Pereira, Carla Grabino, Iván Arroqui, Julia Irisity y Oriana Irisity. Ambientación plástica de Adán Torres, Iván Arroqui, Horacio Veneziano y Alberto Quintela, vestuario de Claudia Coppetti, iluminación de Adán Torres y Enrique Berger, música de Mauro Pérez, Andrés Tarábbia, Uakti, Ruichi Sakamoto, Delgado y Rodolfo Vidal, dirección general de Diana Veneziano. En la ex quinta de Santos, Av. de las Instrucciones casi Bv. Batlle y Ordóñez.
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