Nosotros, los locos
Los personajes, claro, están individualizados y su dependencia e incertidumbre no son menores: sufren agudas psicosis.
Harry (John Lynch) es un programador que trabajó en IBM, tuvo un episodio que obligó a internarlo y ahora concurre a un club de algo así como psicóticos anónimos. Sus compañeros muestran avanzado grado de deterioro por la enfermedad, pero él –ayudado por muchos medicamentos– se mantiene en contacto con la realidad.
Un día entra Kate (Jacqueline MacKenzie) al grupo y pronto se habrán enamorado locamente. Van diez minutos de película.
El problema es que haya necesidad de aprobación de parientes y terapeutas para vivir juntos. Que haya que conseguir quién confíe dando un trabajo y alquilando una casa. Que se arme una junta médica para discutir el embarazo. Resistir las presiones que sufren para que hagan cosas contra su opinión, insume buena parte de las energías de la pareja. La otra, la insumen sus obsesiones: recibir mensajes de un programa de TV, calcular los números según cierta cábala antes de comprar algo, evitar que alguien se quede con alguna gota de su sangre que podría servir para controlarlos a distancia, entrar en contacto astral con la niña que vendrá (a la que llaman Asatral).
Finalmente, no tomar medicamentos que puedan hacer mal al feto: es su cuerpo, ellos deciden.
Es el principio del final, que llegará tras una larga serie de incidentes. Un mal final para ellos, que sin embargo alcanzarán a ver a la recién nacida.
El cine australiano tiene un parejo nivel de buena calidad y, sobre todo, pocas tentaciones de caer en el melodrama, tentaciones que podrían haber estropeado esta película.
Porque, si parece que la sala de la Asociación Cristiana se puebla en estos días de psiquiátras y enfermos mentales, la fuerza expresiva de esta película trasciende el caso clínico. Es cierto que permite al espectador comprender qué puede sentir una persona que es consciente de que no puede confiar en su mente.
Pero el tema es universal porque todos –fumadores y no fumadores– sabemos que solemos tomar decisiones que no nos convienen; a todos nos da fastidio depender de la opinión de otros –médicos, escribanos o electricistas– para tomar decisiones cuyo alcance desconocemos.En resumen, Un Angel a quien amar mete el dedo en una de las dimensiones centrales del tema de la libertad, del vivir en sociedad, de la responsabilidad y de las dudas sobre uno mismo. Y en esto, retoma de un modo poderoso y maduro las reflexiones de los existencialistas de mediados de siglo.
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