París. La ciudad luz es gran protagonista del filme de Besson

Angel-A, entre el drama y la comedia

Un hombre en problemas. Una decisión desesperada y que quizá sea la última. Una mujer, misteriosa, que llega en el momento justo para conjurar a los demonios internos. París, siempre París de fondo.

Estos bien que podrían ser elementos que alimentaran por ejemplo, a una de las películas de Eric Rohmer. Pero no, son pinceladas que en brillante blanco y negro da ese director ecléctico, por lo general provocador en el uso de la estética y desparejo en sus resultados, llamado Luc Besson.

Es que este hombre ha sido capaz de dar en el clavo con películas como «Subway» (1985), «El profesional» (1994), «El quinto elemento» (1997) o simplemente destruir lo que pudo ser una buena idea, como el caso de «Juana de Arco» (1999) o quizá desconcertar con algo como «Arthur y los Minimoys» (2006).

Pero veamos, aquí está André (el popular cómico Jamel Debbouze) un artista con más problemas de los necesarios y que asfixiado por las deudas intenta suicidarse arrojándose al Sena.

Cuando se decide por este dramático escape, se le cruza en el camino una chica a punto de hacer lo mismo. Angel-A (la inexplicablemente alta modelo danesa Rie Rasmussen, que en su momento le llamara la atención a Brian De Palma como para incluirla en «Femme fatale»), es persuadida de no hacerlo por parte de André, y el que hasta ese momento venía siendo un catálogo de desgracias andante, se convierte en salvador, al tiempo que él mismo comienza a transformar su forma de entender la vida. Y está París, esa otra gran protagonista, majestuosa y sin colores.

A partir de ese encuentro, los potenciales suicidas se transforman en personajes unidos por la necesidad de vivir, en una película que podría ser una vieja comedia romántica, pero que tiene un pie puesto firmemente en el terreno de lo fantástico.

A Besson, después de siete años de retiro, le pidieron que definiera a su nuevo filme y dijo, secamente: «Un hombre se encuentra con una mujer en París».

Y quizá sea una buena síntesis, porque acostumbrado a las grandes superproducciones, al derroche de medios y de efectos especiales, el ahora magnate decidió volver para contar una historia intimista, sencilla, pero eso sí, ultrasofisticada.

Los personajes caminan, se conocen, se desarrollan, se meten en líos, discuten y se salvan a sí mismos, siempre con elegancia e inteligencia.

Quizá en una de sus virtudes, este el punto flaco de esta película.

Entre comedia y drama, el guión no define una composición final, pero el envoltorio, el excelente diseño de producción y una dirección firme y acertada, hacen de «Angel-A» una obra curiosa, aún para el cine industrial del francés de hoy, tan acostumbrado al costumbrismo y a la cursilería. Y ante el riesgo de un final previsible, tan común en el cine de estos tiempos, los últimos minutos del metraje son particularmente intensos e inesperados.

Luc Besson no se olvidó de los trucos aprendidos y retorna con lo mejor que sabe hacer: desorientar con estilo.

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