En escena. Obra de Máximo Gorki en Elkafka, Buenos Aires

Hijos del sol: En honor de aquellos pioneros del teatro independiente

Cuando aparecen multitudes aparecen las clases sociales y como consecuencia las diferencias de clase; y también la razón por las que existen clases, el modo de producción.

Repasemos las obras de Shakespeare o de Brecht: la escena aparece desbordante de vida, de animación, de posibilidades; los clásicos griegos tenían el coro, por cuya voz hablaba la ciudad. Las obras de pocos personajes, de las que tenemos hoy, justo es decirlo, ejemplos muy valiosos, dejan, a veces creemos que deliberadamente, una sensación de falta de aire, de ventanas que no se abren, vientos que no entran, puertas que no se franquean. Pero el olor de multitud fue una tradición en el teatro rioplatense: cuando comienza «Gente bien» de Federico Mertens, aparecen unos niños jugando en la calle; su única función es aludir a un romance en ciernes; pero a partir de esos niños todo bulle con vida naciente. Rubén Szuchmacher, que ha puesto en escena magistralmente piezas de pocos personajes («Decadencia» de Steven Berkoff, «Polvo eres» de Harold Pinter, «Cuarteto» de Heiner Muller, «Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín» de García Lorca), eligió esta obra de Gorki, en parte, con un propósito muy claro de acción teatral: «Las grandes dificultades en la realización de obras con muchos personajes… horarias o económicas, ha(n) empobrecido la escena independiente, al punto de que no hay, en la extensa cartelera porteña, títulos con demasiados personajes… semejantes textos no son patrimonio de la escena oficial… Hacemos Gorki …para… rescatar de los pioneros del teatro independiente la idea de la magnitud, hoy perdida en los pequeños espacios….»

«Los pioneros del teatro independiente» es una frase que quedó sonando en nuestros oídos y que nos muestra, de un solo golpe, todo lo que falta en el tan pretencioso como subvencionado teatro uruguayo de hoy. En los tiempos de Blas Braidot, de Atahualpa del Cioppo, del Teatro del Pueblo, del primer Teatro Circular, de La Máscara, casi no se concebía poner en escena una obra de dos o tres personajes. Debía entrar en el escenario el mundo, con sus vientos y lluvias y sus remolinos de polvo; y si no cabía todo, debía entrar buena parte de él. «Hijos del sol» es una obra militante, escrita por un comunista antes de la revolución de 1917; pero la honestidad de Gorki pone a la pieza a años luz del panfleto, el «mensaje» o la «octavilla». Todos los personajes tienden a significar una idea en la sociedad rusa bajo el zarismo que nos muestra el autor, con sus intelectuales que tantean en el vacío, uno esperanzado en los progresos de la ciencia, otro ensimismado en el arte de pintar y en el amor como pasatiempo o aún como droga; un tercero, que no se concede escapatorias, termina con su vida, como un grito de alerta que nadie quiere oír, una luz de la que los otros se guardan detrás de sus anteojeras, aquí representadas, literalmente, por anteojos negros; pero todo el cuadro es trasladable a nuestro país. La inoperancia de los intelectuales de la época estaba también en el Eduardo de «En familia» de Sánchez, el hombre lúcido que todo lo comprende pero que nada atina a enderezar; y la enferma sin remedio y sin fin, que ha hecho de la enfermedad una profesión, también pudo pertenecer a los lúcidos inventarios de Florencio.

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