Confusa. "Solas", en el teatro Metropolitan 2, de la ciudad de Buenos Aires

Telecineteatro: demasiadas historias

Fresco el recuerdo de Leonor Manso como admirable directora de «Aniquilados» de Sarah Kane, no podíamos sino verla como actriz, máxime que también la admiramos como la conmovedora Yoli de «Made in Lanús».

Pesó además en nuestro ánimo, para decidirnos a concurrir al «Metropolitan 2″, la opinión favorable de un amigo dilecto, cuyo nombre omitiremos para no exponerlo al odio o al desprecio público. ¡Ay! Queda dicho que «Solas» no cumplió nuestras expectativas.

No bien empieza «Solas» nos sentimos insultados cuando los «adaptadores» piensan que no entenderemos nada si no cambian Extremadura por Entre Ríos. Pero vayamos a la trama.

«Solas» cuenta varias historias; no vemos que se decida por ninguna; más bien echa mano a los lugares comunes más sobados del pretérito realismo con diálogos ramplones donde se oye al fin un profundo «así es la vida».

Estamos en la baja clase media. La otoñal Rosa (Leonor Manso), una de las «solas», tiene, no sólo la compañía de su insoportable marido, al que trae a la ciudad para una intervención quirúrgica, sino la del querendón y preferible Emilio (Juan Manuel Tenuta), un viudo vecino de puerta de la hija del matrimonio (Julieta Díaz). Emilio traba conversación con Rosa a propósito de un guiso quemado y trata de seducirla aportando una merluza para degustar a medias; lo más que consiguen sus atenciones es que ella le lave el culo, sucio de una diarrea que superó la barrera del esfínter anal. Esta escena permite mostrar un desnudo -ya sabemos que todos los desnudos son «necesarios»- a cargo del bien conservado Tenuta.

La hija tampoco está sola: padece un embarazo de su amante, Juan, otro insoportable, un camionero que llega a escena anunciado por un ruido de frenos de ferrocarril o subterráneo y que le pega, la insulta, la zamarrea y la amenaza. La pobre hija, en tanto atiende su trabajo como limpiadora, se le quema el café, se pelea con la madre y cuelga una cortina, se cambia de ropa sin cesar y se sienta a evacuar en un water closet: ambas cosas para mostrarla semidesnuda, primero en soutien y bombacha y luego de costado, vaqueros y bombacha bajos. Ella es áspera con la madre ­los chillidos que logra Julieta Díaz son especialmente desagradables­ pero dócil con su bestial camionero. Quiere abortar; el camionero ofrece pagar el costo, pero se niega a acompañarla a la clínica; aquí aparece el buenazo de Emilio, que se ofrece como acompañante y luego, cuando la muchacha se decide, en medio de una conversación, a tener a su hijo, se postula como abuelo ad hoc, seguro proveedor de alimentos.

El público, como de costumbre, ríe muy poco; pero ríe con las groserías, con las alusiones escatológicas sobre todo. La sucesión de escenas es muy confusa: Rosa sale de la casa de Emilio, baja tres escalones y ya llega el marido en la camilla del hospital o la silla de ruedas; la chica sale de su casa y ya oímos el ruido de frenos y llega el camionero energúmeno. Leonor Manso adopta en la primera escena una semisonrisa que no abandonará en toda la obra; a cargo de Tenuta están los únicos momentos convincentes. Declaramos nuestra rendida admiración por el actor, que logra salir airoso de parlamentos y escenas imposibles, bien que a costa de reducir al personaje a su propia hechura; pero era lo mejor que podía hacer.

 

SOLAS, basada en la película de Roberto Zambrano, adaptación teatral de Antonio Onetti, adaptación argentina de Enrique Pinti, con Leonor Manso, Julieta Díaz, Juan Manuel Tenuta, Derli Prada, Héctor Sánchez, César Bordón y Cristina Fridman. Música de Antonio Meliveo, escenografía de Gabriel Carrascal, iluminación de Gonzalo Córdova, vestuario de Mónica Mendoza, dirección de Alicia Zanca. En teatro Metropolitan 2, Buenos Aires.

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