Generación va, generación viene, la tierra permanece
En «Volvió una noche» el protagonista debió elegir entre las potencias del pasado, representadas por su madre, aún activa, no tanto desde su sepultura como desde el recuerdo.
Están, y pesan, el amor y la educación recibidos, las frases y los gestos familiares que fueron una segunda naturaleza. Por otra parte militan las convocatorias del presente, que anuncian la renovación del amor que lo espera en el continente desconocido del futuro. En «Lejana tierra mía» el conflicto se sitúa en un momento anterior a las separaciones, aquí la posible emigración del país en que se ha vivido: por qué irse, por qué quedarse. El fiel de la balanza oscila; toda la ciencia de que se dispone, como la pitonisa, no da una respuesta clara; quizás el mensaje más lúcido de la pitonisa es que nunca hay respuestas claras. Las alternativas propuestas a nuestra vida de hoy parecen esos platos que los malabaristas sostienen en el aire, como si no tuvieran peso y obedecieran la orden imposible de girar y volar. Pero sólo un instante va a durar esta levitación, esa euforia que sentimos cuando se nos ofrecen múltiples posibilidades, todas juntas, como un tesoro al que tanto tememos ignorar como dilapidar.
Pero Rovner tiene algo que decirnos, además de plantear el conflicto. Como en «Volvió una noche» sobre la relación entre la madre y el hijo, aquí trata con penetración y ternura la relación entre padre e hijo; y sabe de algunos giros paradojales de la conducta humana, donde los papeles pueden invertirse; sabe aludir a los problemas económicos, que a todos nos ocupan, pero sin hacer de ellos el alfa y la omega de la vida. El tono con que nos comunica sus ideas es perfecto: por sobre todo, Rovner tiene un trato afectuoso, levemente humorístico, con sus personajes, a quienes nada perdona pero a quienes nunca condena; y las alusiones a Gardel, como en «Volvió una noche» ponen de por medio un tul irónico, semitransparente, similar a ese tul que es la tela o el muro donde los pintores ejecutan su obra y, a través de ella, ven, proyectan, realizan y arriesgan sus vidas.
El día del estreno, al que asistió el autor, hubo algún instante de lentitud no querida, alguna vacilación o desencuentro entre los actores; pero tanto Alvaro Correa en la dirección como los dos buenos actores, Sergio Pereira y Juan Luis Granato, nos mostraron una pieza redonda, con buen equilibrio de sus partes, con una trama que no se revela demasiado pero que existe y se mantiene hasta el renovador, pero no sorpresivo, desenlace.
«Lejana tierra mía» está hoy, con «Las apariencias engañan», con «Las relaciones de Clara» y con «Telarañas» entre las mejores obras de nuestra cartelera.
LEJANA TIERRA MIA, de Eduardo Rovner, por «Los años luz» Teatro, con Sergio Pereira y Juan Luis Granato. Luces de Nicolás Ausserbauer y Dr. Dappertutto, música de Giuseppe Martucci /ACDC /Carlos Gardel /Earl Hines / Fernando Ulivi /Bob Dylan, asistente de dirección Virginia Marchetti, dirección de Alvaro Correa. En teatro de La Candela.
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