Adictos a la pintura

La principal pinacoteca del país se transformó en un hervidero de propuestas. El exterior luce impecable, como nunca: limpieza del jardín de Leandro Silva Delgado y zonas aledañas, arreglo de la reja perimetral, renovada pintura de la fachada y el arreglo floral de los macetones. Toda una espléndida invitación para disfrutar de un interior también modificado en su claridad y distribución espacial, aunque la cafetería no luce como la refinadísima anterior, por la decoración agresiva al acotado lugar, separado por una pared de plástico opaco, donde pululan sillas y mesas buenas y otras no tanto que desmerecen la calidad visual. Falta integrar la boutique y la librería, ya listas para recibir el material, con sus pins y prendas estampadas con el logo del museo. Muy positivo en su conjunto. Además, se consiguió la colaboración de un equipo de jóvenes contratados empeñados en dominar un oficio y un conocimiento que sólo el tiempo y la práctica pueden otorgar.

Los talleres, conferencias, presentaciones de libros, cursos y cursillos y espectáculos para niños alternan con las muestras temporarias a un ritmo de vértigo. El fuerte, lo sólido del MNAV, es la colección permanente (característica de cualquier museo del mundo), la irrenunciable memoria colectiva del país. Aparece reducida, imprudentemente, a escasas obras, o a una lectura imperfecta centrada en el siglo XX, a una salita de Juan M. Blanes, a la presentación curiosa de algunas obras largamente ocultas en el depósito, que, como un gran cuadro de Gonzalo Fonseca es poco significativo, a excepción de su tamaño. Es probable que la directora procure un diseño de la colección que establezca los momentos de intensidad del arte nacional, los momentos clave de transición del academicismo a la modernidad, con las figuras de Espondaburu, Pallejá y Héquet, las ondulaciones del Art Nouveau, el planismo del Art Déco, la temática nativista y social, la vanguardia a partir del regreso de Torres García y la emergencia del grupo Madí, del arte abstracto y geométrico, y así siguiendo. Es, indudablemente, un trabajo arduo para un equipo profesional a conformar y con ideas para debatir, un proyecto de largo aliento para diseñar (montajista imaginativo mediante), en algún momento y lo antes posible.

Mientras tanto, tomando el pulso a las apetencias del público, más numeroso, las exposiciones temporarias acaparan lugares privilegiados. El torrente imaginativo de la directora es decisivo para la dinámica del museo. Nuevas vías de acceso y Satélites de amor constituyen propuestas felices, sin descuidar a los locos bajitos, que tienen su lugar. De Nuevas vías de acceso III, actualmente en exhibición, se editó un catálogo con textos de los diferentes participantes (críticos, curadores, galeristas), en su mayoría fastidiosamente eruditos y escritos sin atractivo de lectura. Hay excepciones. Sonia Bandrymer consigue, en la elección de Martín Aquino, de orejano a subversivo, del grabador Carlos González, uno de los enfoques más sugestivos y enriquecedores por el rigor metodológico de un estudio meditado, trasmitido con convincente expresión, de igual manera que Silvia Listur en Espiral de José Gurvich ofrece una interpretación nueva de ese cuadro; así como Enrique Aguerre sobre Vidas de las formas de José P. Costigliolo y la asociación con Henri Focillon o Pablo Thiago Rocca en Notas sobre Niña de Raúl Javier Cabrera (que sin embargo firmó Javier Raúl Cabrera y no Raúl Javier Cabrera). Son obras y artistas que actúan en el imaginario cultural uruguayo. Otros se refieren a artistas menores (Francisco Tomsich), interpretaciones equívocas o equivocadas (Clío Bugel); algunos se refieren a obras poco conocidas de artistas extranjeros con actitud más curiosa que una estimulante vía de acceso. De la vasta colección del museo quedan para descifrar obras significativas que se tendrán en cuenta en futuras ediciones. El catálogo reproduce en diminuto tamaño obras que debieron ocupar una página.

Satélites de amor 03, Posbabilónicos, recuerda la módica existencia de Babilonia Casa de Arte, galería de la calle Bacacay, que no muchos frecuentaban y pocos recuerdan. Era un espacio pequeño, con cabida para objetos artesanales, que a pesar de la insuficiencia de galerías en la época no tuvo una incidencia tan significativa como se supone. No tuvo la audacia de galería U, que se arriesgó con la heterodoxa vanguardia, o con La Lupa Libros, desaparecida recientemente, que abrigó la irreverencia de Javier Abreu, para citar a uno que ejemplifica su trayectoria.

De cualquier manera, los 15 artistas elegidos demuestran su adicción a la pintura, a excepción de la fotografía, más provocativa. Nada revolucionario, por cierto. Lo hacen, sin embargo, con solidez y refinamiento, con exquisito empleo de la materia y el color y sutileza expresiva. Así lo documentan Eduardo Cardozo, Marcelo Legrand, Diego Donner, Mónica Packer, Marcelo y Martín Mendizábal, Felipe Secco, con trabajos fechados en diferentes años, en su mayoría recientes. La repetición, salvo la inmovilidad de Diego Massi, no es habitual. La sorpresa es Lacy Duarte al reintroducir la energía y franqueza de sus primeras obras, la claridad compositiva y la violencia dramática de blancos y negros en composiciones de trazado dibujístico dominante, olvidando el sentimentalismo anecdótico de los ocres monótonos que transitó por varios años.

En definitiva, estos pintores, maestros sin duda a esta altura de su carrera, son para confrontar con los elementales ejercicios de Mercedes Bustelo (Colección Engelman Ost), que supo darle vuelo imaginativo al dibujo (Meridiano, 2007) o las citaciones modernistas (en especial Kandinsky) de Rodrigo Flo (Museo de Arte Contemporáneo) en una práctica del acto de pintar al acrílico de esquiva expresividad (mejor en las frescas composiciones lineales), a diferencia de su producción anterior (e incluso en el grabado), más rigurosa.

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