Bodas de sangre, de Federico García Lorca, en el teatro Solís
Más recientemente, en un reportaje de Alfredo Goldstein («Brecha», 16 de mayo) Mariana encuentra que interpretó la pieza como la expresión o confesión de un homosexual: «…es muy claro el rastro y el planteo de su mirada» (sic) «y sentir como hombre y artista homosexual, en Bodas … basta ver la fuerza del personaje masculino el único que lleva nombre en la obra, Leonardo y las pasiones que desata…»
Pero poco o nada hay de homosexualidad en esta puesta en escena. Como en el caso de Marcel Proust, el temor de apenar a sus padres hizo que García Lorca ocultara cuidadosamente su homosexualidad, tanto en su vida como en su obra; y su percepción del sexo como un peligro o aún como un enemigo interior (¡»Amor, enemigo mío/ muerde tu raíz amarga!») nos parece más propia de la moral católica que de una ética del placer. La reconstrucción, a partir de sus obras, de un García Lorca homosexual no se cumple con el «Amargo», extraído del «Poema del cante jondo» y del «Romance el emplazado» del «Romancero gitano». Es cierto que el «Amargo» plantea una situación misteriosa que nos recuerda al ambiguo encuentro de «En la soledad de los campos de algodón» de Koltès pero que no es, en sí misma, especialmente «homoerótica».
La versión de Percovich proviene de tan variadas fuentes que nos convence de que presenciamos una colección de veleidades y no una reelaboración del drama. En primer término, el «Amargo», con su vistoso traje blanco, sus cruces de piernas y sus bailecitos, parece venir del «Niño Argentino» de Mauricio Kartún, que compuso Mike Amigorena, este mismo año, en el teatro Solís. La iluminación independiente de la acción dramática recuerda las luces de «Yocasta» sobre «Edipo Rey», de la misma Mariana Percovich; las sábanas, que se repliegan al principio para desplegarse al final, los cubos oscuros que aparecen y desaparecen, la personificación de la Muerte (Juan Worobiov), con huesos que cuelgan de un incómodo miriñaque, los abanicos cuyo abrir y cerrar alude a las navajas, el vestuario extravagante, los pasos y poses afectados que asumen más tarde o más temprano casi todos los personajes, los fragmentos de rap y música tecno», el novio (Lucio Hernández) rapado sin que se sepa la razón y, lo peor de todo, el Narrador parlanchín (Oscar Serra), con el que quizás se quiso dar un toque Brecht, que interfiere con la acción, se pasea por el teatro y dispone de las luces.
El efecto de estos adornos es la debilidad general de la puesta en escena. Se quiebra el ritmo, la expresión pierde fuerza, la trama divaga sin enriquecerse; queda una desesperante sensación de vacío y frialdad, de que vimos algo que no tiene la menor importancia. Percovich logró hacer de un drama conmovedor una pobre sucesión de estampas, quizás «folklóricas», interferida por instantes dramáticos que parecen llegar de otro mundo. Cuando al final sobreviene el gran anticlímax en la escena de la madre sola (Estela Medina) y la nuera deshonrada (Alejandra Wolff), se entrevé al verdadero García Lorca; pero llega demasiado tarde.
BODAS DE SANGRE
Federico García Lorca, por la Comedia Nacional, con Jorge Bolani, Elisa Contreras, Andrea Davidovics, Fabricio Galbiati, Lucio Hernández, Estela Medina, Catherina Pascale, Oscar Serra, Juan Worobiov y Alejandra Wolff. Escenografía de Osvaldo Reyno, vestuario de Soledad Capurro, iluminación de Juan José Ferragut, música de Pablo Bonilla, versión y dirección de Mariana Percovich. Estreno del 15 de mayo, teatro Solís.
Compartí tu opinión con toda la comunidad