Una forma poco ortodoxa de hacerse rico en la ciudad del pecado
Cuentan que cierta vez, el director John Ford dijo que sólo había dos clases de películas: las buenas y las malas. La falta de matiz en este caso se le perdona al gran maestro, ya que se podría decir que hay una categoría de filmes que se las arreglan bien para hacer pasar un rato agradable y que al mismo tiempo no dejará ningún rastro en las enciclopedias de cine.
Ese podría ser el caso de «21:Blackjack», que ya está en la cartelera local, contando una historia basada en un episodio real, donde un estudiante superdotado para los números, se ve envuelto en una trama que intenta desbancar casinos en Las Vegas.
A veces suele ser precavido y aconsejable desconfiar de las películas basadas «en episodios reales» porque esa realidad, vista desde la butaca, parece ajena, lejana, no tan real en definitiva. Eso es aplicable a «21», que está basada en un best seller del escritor Ben Mezrich y que recoge elementos que alguna vez ocurrieron en el universo de lo real.
La película narra las andanzas de un grupo de jóvenes listos, casi amorales, que se tiran de cabeza a hacer dinero fácil -aparentemente el sentido de la vida para algunos- en ese mundo artificial y de neón que es Las Vegas, esa ciudad plantada en el medio de un desierto, consagrada al juego y al American way of life.
De alguna manera el cine «de casinos» es casi un subgénero en si mismo. El asunto es que Ben Campbell (Sturges) sabe de números, es su única habilidad visible, que, al no poder pagarse la matrícula de la universidad para estudiar medicina, decide tomar el camino de las cartas sumándose a ese grupo de chicos brillantes como él.
Aprovechando sus conocimientos, van de casino en casino tratando de sacar provecho de eso y amasar la mayor cantidad de dinero posible jugando blackjack, algo que parece sencillo si se presta mucha atención. Todo esto bajo el ojo vigilante de un raro profesor de matemáticas e ideólogo de la maniobra, un tal Mick Rosa (Spacey).
Pero tenía que pasar. El bueno de Ben, tan inocente él, es seducido por la codicia y también por su compañera de equipo Hill (Bosworth), mientras escapan de un policía llamado Cole Williams (Fishburne).
Así plantadas las cosas, la película parece avalar el juego sucio y la avaricia es un motivo argumental más. El resultado: una película engañosa pero entretenida. Engañosa porque si bien se basa en hechos reales, parece absolutamente falsa, el guión es manipulador y trasnochado y como si fuera poco, da por entendido cosas que hay que adivinar.
Entretenida porque como en toda piñata fílmica que piensa más en la taquilla que en las exigencias del espectador, hay de todo, no falta nada y el estilo nervioso del director Robert Luketic logra mantener cierta atención. De hecho, por quince días fue la película más vista en Estados Unidos.
Lo mejor de todo, lo propone Kevin Spacey, un actor sólido, con categoría y que sin mucho esfuerzo, se adueña de la pantalla y se mete a sus compañeros de reparto en el bolsillo más chico de su saco.
«21» no quedará para la historia, es pasatista, muestra que la distancia entre la cima del mundo y el abismo más absoluto es más corta de lo que la gente cree y que el billete verde, tan depreciado por estos días, hace cosas raras en las cabezas de algunos.
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