Thomas Bernhard en el espejo
En las piezas dramáticas lo vemos como una ausencia casi corpórea, que siempre estaría a punto de irrumpir sobre las tablas y hacer algo, pero sin que llegue a tener nombre y forma en la escena.
La versión de «Minetti» del mismo Bernhard, que representó también el actor Juan Carlos Moretti, reducía la obra, no sin justificación, a un monólogo; tenía el agregado misterioso de la presencia en escena del director, Ernesto Calvo, que, lo advertimos ahora, componía al mismo Bernhard, o mejor a su fantasma con sólo inclinarse, mudo, sobre una computadora portátil. La misma forma de la escritura de Bernhard, mediante líneas cortadas irregularmente que se asemejan al verso, sugiere con fuerza los inicios orales, de la literatura; y también a través de traducciones y versiones aflora la tensión del artista de la palabra hablada, con sus elecciones ante sonidos y sentidos que se contradicen, con sus aciertos que parecen caídos del cielo y sus repeticiones, donde parece querer malear a martillazos a cada vocablo para ver si, luego de ese purgatorio, es digno de aparecer en la prosa.
En «Las apariencias engañan» y en «Plaza de los héroes», el personaje principal ha muerto antes del comienzo; y las dos piezas analizan sin pasión los grandes temas del pasado de los personajes, en esta pieza unidos y separados por la misma mujer muerta. El primero de los grandes temas del pasado es, cada día más, cómo y cuánto pesan los muertos sobre nuestros presentes; el segundo, el más inquietante, es si podemos modificarlo, sea mediante una interpretación afortunada que lo redima… o nos condene, o mediante la averiguación de la verdad, casi siempre oculta cuando no falsificada. Los personajes de «Las apariencias engañan» parecen vivir de cara a una pared, o ante una puerta que no ha de abrirse. Pueden girar en redondo y asomarse a sus vidas; pero esta busca es estéril y sólo les sirve para arruinar el porvenir.
A través de una trama muy bien articulada de monólogos y diálogos, con un delicado sentido de la comunicación, vamos conociendo a los personajes, hasta llegar a un final que revela algo, tenue y doloroso, que podríamos haber adivinado. Todo se explica y el círculo se cierra; y estamos de nuevo en el comienzo. La percepción de la vida que tiene Bernhard es escéptica, pero no maligna: el autor está dotado de verdadera ternura y hasta de comprensión para sus personajes, a los que trata como iguales. Entre líneas nos dice algo como «Y no crean que mi vida es algo mejor».
La puesta en escena de «Las apariencias engañan» descuella en nuestra actual cartelera de teatros. Patricia Yosi ha dirigido esta obra con varios aciertos. Hay un concienzudo estudio del texto y de las implicaciones de cada escena, al punto que el espectador siente si bien el drama podría presentársele en alguna otra forma escénica, no podría, por el sendero que eligió la directora, hacerse mejor. Hay también un acierto muy visible en el movimiento de los actores, marcación diseñada con fino sentido del espacio escénico y su ocupación, virtud que ya era visible en el trabajo anterior de Yosi, «Onetti en el espejo»; este acierto es tanto más destacable si tenemos en cuenta las particularidades de la pequeña sala del Instituto Goethe. En la secuencia de las escenas, que no son ni obvias ni simples, la presentación, el desarrollo y el remate siguen un ritmo lógico, que se percibe en seguida y ayuda a la comprensión del espectador.
La interpretación es una de las grandes fuerzas de la obra. Tanto Moretti como Reyno nos hacen vivir a sus personajes, que sobre el papel, en la lectura, no resultan ni atractivos ni especialmente definidos. Pero a través de la actuación, hecha de gestos a veces mínimos, compartimos su intimidad, sus penas y sus placeres. La apariencia de la interpretación invierte las apariencias engañosas de la anécdota; y vemos al fin, levantados por lo menos algunos velos, el temible rostro de la verdad.
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