Obra. Monólogos de la marihuana, con Adriana Lagomarsino, Marcos Valls y Ana Pouso

La felicidad sólo es auténtica si es un triunfo sobre uno mismo

El espectáculo apuntó, aunque discretamente, a los fines políticos de la prohibición más que a la busca de la felicidad.

Sin decirlo del todo, demostró que cuanta prohibición u orden nueva aparezca está dirigida a reforzar el control sobre la población y domesticarla. La tipificación como delito del consumo de drogas es del todo análoga a la prohibición de fumar tabaco en lugares públicos o a la orden ¡por ley! de circular con las luces cortas de los automóviles encendidas a pleno día; recordamos las campañas antipornográficas de la dictadura, las «razzias», donde los ciudadanos eran detenidos sin razón alguna y puestos contra la pared con las piernas abiertas, todo lo que conduce al mismo fin, y todavía vemos en los mismos informativos, lo que debería avergonzarnos, cómo los «delincuentes» son encapuchados rutinariamente por la policía con sus mismos buzos, camperas o pullovers. Naturalmente, la «lucha contra la droga» tiene dos aspectos: uno lo constituyen los «informativos» donde se parte del supuesto que los delincuentes actúan bajo la acción de la «pasta base» y aún impulsados por «alucinógenos», el otro las comisiones y comités antidroga, siempre honorarios, pero siempre fértiles semillas de nuevos entes públicos. Hoy en día se arriesga la cárcel consumiendo anfetaminas, que en los años 50 nos vendían sin receta médica todas las farmacias. Y en cuanto a la medicina, que pretendió curar la locura con el «abceso de fijación», con «shocks» análogos al «submarino» de la dictadura, baste decir que le insumió decenios admitir los efectos nocivos del tabaco y que en nuestro país, en la década del 60, algunos psiquiatras drogaban sin tapujos a sus pacientes con LSD para mejor registrar sus ensoñaciones.

La privación de droga conduce, casi con certeza, a pequeños latrocinios para procurarse el dinero de la «dosis». No a más. Suceden, ciertamente, la adicción y la dependencia; pero lo que impulsó a cierto horrendo múltiple crimen reciente no fueron la marihuana ni la pasta base sino una droga peor, el impulso hacia el poder, el ansia, que pareció irresistible, de comprar un «play station», alcoholizarse ­ el abuso del alcohol está permitido y hasta glorificado como una gracia masculina en mil y una anécdotas que quieren pasar por risueñas- y folgar con prostitutas. Debemos reconocer en toda búsqueda de estados alterados al natural impulso a la felicidad, el camino a la dicha y los griegos clásicos ya conocían la ambrosía, el manjar de los dioses. Pero no se enseña lo suficiente que, como escribió Platón, el mejor camino es el más largo o que, en la frase de Descartes, buscar la verdad es ir a la guerra. La felicidad llega, pero tiene los pies de barro y, como lo demostró Baudelaire en «Los paraísos artificiales» sólo es auténtica, y eso en la medida precaria del estado humano, si es un triunfo sobre uno mismo, día por día. Adriana Lagomarsino, Marcos Valls y Ana Pouso, en el esquema del espectáculo «stand by», o sea uno o más actores dirigiéndose al público sin interacciones, como una conferencia a tres, dijeron, con claridad y convicción. Y sin alzar la voz, estas y otras verdades. Apagaron los fuegos: tan ridícula es la apología del «porro», sello en el orillo de libertad, juventud, originalidad, rebeldía, desenvoltura, etcétera y la literatura estreñida que produce, como es contraproducente la represión estatal, que eleva una modesta «fumata» (equivalente, al fin de cuentas, al autoerotismo) al nivel político de un manifiesto.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje