TRIVIAS Y DE MENTES
Ya en el siglo pasado, cuando se estaba terminando, todavía antes de las computadoras, llegaron los cambios. Aparecieron los juegos de-mentes, aquellos donde peleábamos por ser los que más sabíamos de todas las cosas de este mundo. Esos trivias tenían la buena idea de asustarnos con preguntas muy facilongas y divertidas para que aquellos que las ignorasen sufriesen el escarnio de los competidores. Era tan vasto el espectro de interrogantes que siempre había alguna que se escapaba y dejaba mal parado al más mentado.
Con el arribo de la Internet comenzó la degradación, la generación «unipersonal», el juego de ganarle a una máquina en solitarios, buscaminas, kyodais y sus variantes. La familia fue resquebrajándose, para sólo intercambiar algún «Chau» o «Hasta mañana» sin otro intercambio de sociabilidad y casi desconociéndose los unos a los otros, exagerando un mucho, claro.
Por todo eso, bien vale aplaudir la aparición de Víctor Hugo Morales por Canal 10 con «Tiempo límite» los miércoles a las 22.00 horas. Es la vuelta a las preguntas que suponen algo de sesera y buena memoria, en generalidades tanto nacionales como internacionales. Todo lo que allí se juega por lo que sería un gran premio final de un auto 0 Km tiene un mecanismo que pretende agregar algo de estrategia para los preguntados, consumiéndolos en los segundos para responder o en pasar la ignorancia a su rival. O sea, es el desafío a cuanto hemos guardado en nuestros recuerdos pero, claro, jugando en casa.
Lo que la pantalla nos trae es a una pareja de concursantes y allí, en muy poco tiempo para responder, irán sumando puntos uno contra otro. El ganador seguirá hasta un máximo de cinco programas. Y será finalista.
No encontramos, crítica vale, qué hace la otra gente que aparece detrás de una larga mesa y que se supone que será también parte de los duelos. No parece agregar nada si están o no están.
El primer programa fue una experiencia ya repetida, la de Víctor Hugo hablando mucho, siempre achicándose, como admitiendo que no sabe nada de lo que pregunta, lo que se ubica en un triste tercerizador de las preguntas y eso no jerarquiza el programa, le abarata, lo devalúa. Es hombre que si evita esos propios baches, que lo puede hacer, y se dedica sólo a conducir, ganaría más consideración general, menos descreimiento sobre lo que está haciendo. Ta.
Pese a ello, el esquema promete ser entretenido. No es novedoso, ya nadie inventa nada, pero siempre viene bien algo que parezca diferente a lo que se ha visto en estas últimas temporadas. Habrá que ver si cuando se llegue a las instancias finales no cambia el estilo de preguntas transformándolas en más rebuscadas, más difíciles, menos triviales.
Un balance negativo parece ser la falta de dominio de los tiempos consumidos por los participantes. Hubo un par de situaciones donde el perdedor terminó sumando muchos segundos más de los que debía pero esto es una cuestión de aceitamiento, de adaptación de todos los engranajes por parte del equipo técnico de producción.
Queda por precisar la duda que nos deja el criterio, que no se conoció, de selección de concursantes, por más que hayan dicho que hubo una especie de «casting» previo. ¿Quién decide quienes van a ganarse alguna ilusión o algún cuatro ruedas? Esperamos que esa preselección lleve a que no haya grandes diferencias entre los finalistas para lograr remover la indiferencia y transformarla en la emoción de dominadores del conocimiento universal.
Para Víctor Hugo sólo correspondería exigirle menos aceleramiento, no contarnos muchas veces que está «tan nervioso» como los que responden, porque por algo es un fulano más que cotizado a nivel de aquí y de allá en los Buenos Aires. Todos conocen su capacidad pero ella no debe desmadrarse.
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