La noche que Benedetti subyugó a los porteños

«Soy noruego, y me gustaría regalarle a mi novia argentina un libro suyo; ¿puede dedicárselo?». La escena, real, se repitió más de doscientas veces no con europeos, sí con jóvenes, muy jóvenes y maduros, muy maduros, también en la megalibrería El Ateneo que tuvo como protagonista insuperable al poeta y novelista uruguayo Mario Benedetti.

Ya se sabe: a los periodistas los invitan para cubrir una charla, pero no siempre se tiene el placer de escuchar a Benedetti, con sus lúcidas respuestas a un público (unas 300 personas) que copó El Ateneo, en el ex cine Gran Splendid, reciclado, que en 1927 levantó el pionero de las grabaciones rioplatenses, Max Glucksmann, allí donde en más de una ocasión cantó y grabó Carlos Gardel, en el atardecer del lunes campeó la palabra del autor de Montevideanos.

Benedetti dijo que tiene una esperanza: que los norteamericanos derroten al imperio norteamericano, porque de otro modo este Moloch posmoderno –supone–, no parece que puede ser acabado en el campo de la economía o militar. De todas maneras, no cree poder llegar a ver este anhelo.

Las respuestas se desgranan una tras otra, conducido por la eficaz crítica Celia Grinberg, el poeta facilita las cosas al público que no se intimida por el enorme intelectual que tiene frente a él y le pregunta sobre cómo busca llegar al lector, si prefiere el texto político, o el de amor.

Sus respuestas son pausadas pero certeras; no da vueltas para llegar a un punto, no improvisa, acaso por haberlas escuchado tantas veces. No obstante agrada oírlo, especialmente mientras este cronista mira rostros asombrados y felices, quizá la gran fiesta con que la editorial Sudamericana preparó esta firma de libro de masas (infrecuente en literatura), para este súper best seller.

Toda su obra: 37 libros con esta primera edición, pero téngase presente que casi toda su obra ya había sido conocida en distintos momentos. Nada menos que 270.000 ejemplares, cuenta a LA REPUBLICA Gloria Rodrigué, que pesa fuerte en la editorial. «Algunos títulos ya debieron ser reimpresos», precisa e impacta.

Una fiesta visual siguió a la auditiva. Por lo menos la cola que se formó para estar vis a vis, segundos, con el vate, tardó hora y media en pasar por el pupitre, casi, en el que fue sentado, para dedicarle a María, Laura, Azucena, Ximena, Diego, Raúl, Franco, y repetidos unos nombres, originales otros.

Iban pasando de uno en uno pero no con un ejemplar; esa era la excepción: una morocha muy fuerte, cuarentona, le colocó en la pequeña mesa, nada menos que nueve textos diferentes, llamativo, claro, pero no tan emocionante como el que un jovencito (¿13 años?) pidió una firma para el suyo, o el papel suelto de la que no pudo comprar el que quería.

Lo del noruego es rigurosamente exacto y en su español chapuceado, le hizo saber de su amor por una argentina y el poeta recordó Oslo: es que allí estrenó hace lejos y hace tiempo, una de sus obras de teatro, en noruego, claro.

La borra del café es uno de sus preferidos, pero es solamente autobiográfico en su esqueleto; el contenido «lo he inventado», confesó antes de leer un poema, porque «de memoria no sé ninguno» y una ovación premió ese esfuerzo. Otro momento emocionante fue el recuerdo por Zelmar Michelini y ese decir como su dolor, nunca mitigado, pudo ser sobrellevado cuando desgranó su pena en versos inolvidables.

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