En escena. Variedad traducida (o transgénica)

Vian de Vian, en el teatro Circular

La empresa de ofrecer una selección de canciones de Boris Vian con la Tabaré (antes la Tabaré Riverock Band, luego la Tabaré Riverock Banda) con la reaparición de su inolvidable vocalista (Alejandra Wolff) prometía un gran espectáculo.

Lunes 21 de abril de 2008 | 4:05
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Vian de Vian. El sonido avasallante de la percusión se ensambló muy mal con la chanson française.

Alfredo Goldstein, su director, es un experto en musicales (“Guarda al gorila” sobre Brassens, Luis Eduardo Aute y otros), que acaba de obtener grandes éxitos, tanto de público como de crítica con “I love Clint Eastwood” de Miguel Morillo y “Amores”, de Domingo de Oliveira; al fin, pero no menos, tuvimos a la actriz y cantante Natalia Chiarelli, una de las figuras más valiosas de la nueva generación. Ay, todos estos talentos, admirables por separado, no compusieron un espectáculo siquiera aceptable.

El primer obstáculo es el sobrevalorado y hoy un tantico obsoleto Boris Vian (1920 -1955). Con la excepción del muy obvio poema contestatario “El desertor”, traducido a 30 idiomas, transcripto en el programa, Vian no tiene hoy el impacto de novedad y rebeldía que caracterizó la literatura de post guerra en Francia. La guerra de Argelia pasó; hay una nueva Francia, con eclosiones de racismo hacia los “negros” y estallidos populares, hay una nueva Argelia, racista contra los blancos. Vian vivió en otro mundo, que nos precede pero que no es el nuestro. Pertenecen a la historia su colaboración en “Les Temps Modernes”, de Sartre, en “Combat” de Albert Camus, los cafés de Flore y “Les deux magots”, la novela negra; el hombre rebelde ha sido sustituido, hoy, en nuestro país, por jóvenes domesticados y burocráticos. El carácter anacrónico de Vian es visible en el texto: la canción del “snob”, que nos trae una palabra fechada en un pasado remoto. “Snob” nada significa en el lenguaje corriente. Como todas las modas, pronto fue un arcaísmo. Quizás los lectores de Borges, si quedan que declaró al snobismo la más auténtica de las pasiones argentinas, recuerden vagamente su mención en “El Aleph”. También es arcaico el título, “Vian de Vian”, que alude a otra regurgitación local, también pasada de moda, “bien de bien”. Estas exhumaciones traen un solitario consuelo: la certeza de que los deplorables “hoy por hoy”, “supuestamente”, “en otro orden”, “revertir”, “identidad nacional”, “desarrollo sustentable” y el horrendo “commodities”, que afligen el habla ciudadana, morirán algún día.

Un segundo problema, mal resuelto, fue la traducción. No era imposible dar a Boris Vian en francés, el idioma en que escribió: bastaba transcribir las canciones en el programa, si no se podía recurrir a la traducción mediante subtítulos. Una mala pronunciación francesa, pero que conservara metro, rimas y aliteraciones, hubiera sido mucho mejor que el español entablillado que se nos hizo oír. La poesía es en parte música: la traducción (o “versión”) de Goldstein tuvo, aunque raras veces, su música; pero esa música no es la de Boris Vian. Pero lo peor de las canciones no estuvo en los versos cojitrancos, sino en la prepóstera “actualización” de la letra, en base a detalles “de actualidad”, que no durarán tampoco, como el cine iraní, que Vian no pudo conocer, Tabaré Vázquez o Juan Ramón Carrasco, todo ello en medio de una selección de los más baratos coloquialismos.

Otra dificultad adicional la proveyó la Tabaré. El sonido avasallante de la percusión se ensambló muy mal con la chanson française. Si oímos cantar al mismo Vian, cuya idea de la interpretación de sus propias obras pudo tenerse en cuenta, apenas creeríamos que “Vian de Vian” haya incluido alguna de sus canciones. Por momentos parecía un concierto de rock, cuyo efecto más inmediato, como se sabe, es reducir al mínimo la percepción de la melodía que pudiera abrirse camino hasta nuestros oídos. Al descabalado maridaje del verso francés con el español, se añadió un segundo híbrido, el rock y la chanson, que también se demostró inviable.

No fueron superados, tampoco, los problemas derivados del espacio escénico. La sala Uno del Teatro Circular es intensa y personal; Eduardo Pavlovsky dijo que tiene magia. La banda de Tabaré, por incluir una pesada batería, debió situarse, fija, en un costado del escenario; pero como el teatro, por su forma, exige que sea visto por igual desde todos sus sectores, Goldstein se puso a mover a todos los actores y cantantes de un lado para el otro, hacia atrás y hacia adelante, sin que vinieran a cuento esos desplazamientos.

Finalmente, nos duele decir que la interpretación, tanto en los diálogos como en las canciones, salvo un solo caso, fue inadmisible. No se sostiene el estilo paroxístico, sobreexcitado, desorbitado, que se le marcó, de comienzo a fin, a Tabaré Rivero. El actor y cantante, que es un honor para nuestro teatro y para nuestra música, posee suficientes recursos vocales y un arte de intérprete refinado, visible en su pulcra dicción; pero su destreza para los matices, los tonos graves, el susurro y la media voz hacen lamentar que aquí se exprese a gritos. Lo mismo puede decirse de Alejandra Wolff, que pareció lejos de sí misma, como si, acostumbrada a los grandes espacios sonoros del teatro Solís, se coartara con la proximidad del público en el teatro Circular. Exceptuamos de esta debâcle general a Natalia Chiarelli, que dijo y cantó sin gritar y se movió con mucha gracia y envidiable sobriedad.

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