Crónica de dos solitarios enajenados
Este género, que alcanzó su auge en Estados Unidos en la gloriosa década del cuarenta, naufragó contemporáneamente ante las pulsiones posmodernistas de los apócrifos superhéroes del Hollywood más gastronómico y recalcitrante.
Protagonizados por detectives más bien oscuros, como los encarnados por el inolvidable Humphrey Bogart, los filmes negros proponían tramas casi siempre intrincadas y deliberadamente ambiguas.
Sin embargo, la identidad de esta vertiente cinematográfica siempre estuvo dada por los sórdidos ambientes de luces y sombras arrancados de las entrañas del expresionismo alemán, el denso humo de los cigarrillos, la violencia descarnada pero no desmesurada, las atmósferas agobiantes en medio de torrenciales lluvias y, con bastante frecuencia, la voz en off del protagonista cortando el silencio.
Las materias temáticas de este cine de perdedores eran la corrupción que se amparaba detrás de la fachada del poder, la traición, los recurrentes ajustes de cuentas y las miserias subyacentes. Todo se dirimía en un sub-mundo subterráneo, en el cual nada era realmente como parecía ser.
Esas historias de antihéroes solitarios y desamparados, cuestionaron una visión idílica del cine como mero pasatiempo, impregnando casi siempre a sus personajes de una despiadada y nada complaciente humanidad.
En «Amores asesinos», el realizador y guionista, Todd Robinson, asume la ardua adaptación de la historia de dos asesinos seriales, que asolaron a los Estados Unidos a fines de la década del cuarenta del siglo pasado.
Estos dos alienados amantes el vividor Raymond Fernández (Jared Leto) y la enfermera Martha Beck (Salma Hayek) se dedicaron, durante un tiempo, a contactar a mujeres solitarias viudas de combatientes de la Segunda Guerra Mundial, a quienes despojaban de su dinero y luego asesinaban. Cuando fueron enjuiciados, confesaron la comisión de por lo menos 17 homicidios.
Para perpetrar sus ilícitos, los criminales se hacían pasar por hermanos, lo que les permitía ganarse la confianza de sus atribuladas víctimas, preparar la estafa y luego ultimarlas.
Sin embargo, esta nueva versión de la peripecia de esta pareja que acaparó los titulares de la crónica roja de la época, propone un abordaje bastante más novedoso, al incorporar a la trama a los policías neoyorquinos a cargo de la investigación: Charlie Hildebrandt (James Gandolfini) y Elmer Robinson (John Travolta).
Exhibiendo un indudable oficio para narrar sin mayores caídas de tensión, el realizador construye dos historias que transcurren paralelas: la secuencia de asesinatos y la pesquisa policial.
Sin embargo, Todd Robinson desestima de plano la posibilidad de recrear todos los homicidios, con el propósito de no agotar al espectador.
En cambio, el realizador asume una minuciosa radiografía psicológica de los personajes, corroborando que los dos asesinos eran personas emocionalmente desequilibradas y absolutamente huérfanas de afecto.
De algún modo, existe un paralelismo entre la soledad de víctimas y victimarios, que discurre entre los celos patológicos de la enfermera, la natural aprensión del joven amante y la situación de extrema vulnerabilidad de las mujeres.
Tampoco los policías están exentos de la desencantada mirada de Robinson, quien los presenta como seres también bastante solitarios, con conflictos humanos y serios problemas vinculares con su entorno o sus familias.
Aunque las referencias históricas son obviamente mínimas, subliminales y casi inexistentes, se advierten algunos rasgos de la atmósfera típica de la posguerra, en el marco de una esmerada reconstrucción de época.
Asimismo, la violencia está bastante bien dosificada y apenas limitada a dos o tres secuencias de fuerte impacto visual y contenido dramático.
En un reparto parejo y en general bastante competente, sobresalen los correctos desempeños de John Travolta y James Gandolfini. En tanto, Jared Leto luce algo sobreactuado y la hermosa y sugestiva Salma Hayek rinde en la medida de sus posibilidades.
«Amores asesinos» es un plausible exponente de cine negro, que enfatiza más los traumáticos rasgos humanos de los personajes que la mera materia de la crónica policial.
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