LIBROS: Galardón. Premio Planeta Casamérica en una tensa Buenos Aires

Entre la poesía, la política y el autoritarismo religioso

El máximo galardón fue otorgado al emblemático escritor chileno Jorge Edwards, mientras que el premio al primer finalista fue adjudicado al colombiano Fernando Quiroz, durante una ceremonia desarrollada en una tensa Buenos Aires.

El anuncio fue concretado la pasada semana, en una conferencia de prensa realizada en los lujosos salones del Marriot Plaza Hotel, mientras la capital respiraba un clima de movilización general, que alcanzó su máxima temperatura en la multitudinaria concentración de Plaza de Mayo.

En el mismo momento en que los organizadores ultimaban los preparativos para la presentación, largas columnas humanas avanzaban por las calles bonaerenses, al ritmo de sonoros bombos, enarbolando banderas argentinas y agitando pancartas con imágenes de Perón, Evita, Ernesto «Che» Guevara, la carismática presidenta Cristina Fernández y el ex mandatario, Néstor Kirchner.

Lejos de esa ebullición popular, el Grupo Editorial Planeta y Casa de América develaron la incógnita sobre el prestigioso certamen, dando por tierra con las aspiraciones de los novelistas uruguayos Alvaro Ojeda y Enrique Estrázulas, que lograron ubicarse meritoriamente entre los diez finalistas, tras competir con 555 autores de más de 22 países latinoamericanos que participaron en el certamen.

La natural ansiedad del medio centenar de periodistas presentes entre los cuales se encontraba el suscrito, se desvaneció abruptamente, no bien Edwards y Quiroz tomaron su lugar en la mesa junto a los representantes y autoridades de las dos entidades convocantes.

Lo único que quedaba por develar era quién de los dos se alzaría con la máxima distinción y relegaría a su colega a un honroso segundo peldaño, que, empero, le permitió embolsarse la nada despreciable suma de 50.000 dólares.

 

El miedo a la libertad

Junto a los galardonados se ubicaron el vicepresidente de Planeta, Jorge Grogueras, el director editorial de Planeta Argentina, Ignacio Iraola, y tres de los integrantes del jurado: la escritora nicaragüense Gioconda Belli, el escritor Alvaro Pombo y el director general de Casa de América, Miguel Barroso. Fue notoria la ausencia de la escritora chilena Marcela Serrano, quien, pese a haber integrado el grupo evaluador, no pudo asistir por compromisos insoslayables.

Tras agradecer a los miembros del jurado por la intensa actividad desplegada así como al invalorable apoyo de Casa de América, Jorge Grogueras reafirmó el firme compromiso del grupo editorial español con el desarrollo y el crecimiento de la literatura de la lengua castellana, evocando el éxito de la primera edición.

Por su parte, Miguel Barroso dejó expresa constancia del beneplácito de Casa de América por la multitudinaria respuesta a la convocatoria, que congregó a más de quinientos autores.

Asimismo, valoró la indudable calidad literaria de la mayoría de las obras, así como también las cualidades de los escritores participantes.

Tras la lectura del fallo, que fue emitido por mayoría, el finalista Jorge Quiroz, que es bogotano y tiene 44 años, recordó que comenzó su carrera literaria en Buenos Aires, donde escribió su primera novela.

Respecto a la obra con la cual participó en el concurso, sugestivamente intitulada «Justos por pecadores», el narrador y periodista colombiano destacó que se trata de la historia de un hombre que, luego de pertenecer durante más de diez años al Opus Dei, «encuentra una poderosa razón para abandonar la congregación».

Añadió que, en el decurso de ese proceso de desmadre, el protagonista «debe enfrentarse a sus propios miedos y a todo el horror que le inocularon y que incluso le impidió relacionarse sentimental y sexualmente con la mujer de su vida».

Durante el posterior encuentro con la prensa, el narrador colombiano explicó que el Opus Dei tiene una gran influencia en todo el continente. Desestimó que su novela sea una mera crítica a dicha organización religiosa, indicando que «es un retrato de algunos episodios que viví yo y otros conocidos míos, a los que adosé información que he documentado».

Añadió que el relato es «la lucha de un hombre por volver a la libertad y al mundo real, lo que supone una larga batalla».

Ante una pregunta concreta, Quiroz admitió que la historia tiene mucho de autobiográfico, porque él mismo perteneció, durante largos años, a la controvertida organización religiosa.

El narrador bogotano advirtió que no le teme a la previsible censura de la congregación católica, «porque tampoco a ellos les conviene entrar en un gran debate, ya que tengo mucha información y abundantes vivencias».

 

La poesía como peripecia

Por su parte, el Premio Cervantes y ganador del máximo galardón del certamen Planeta-Casamérica, Jorge Edwards, de 77 años de edad, manifestó su satisfacción por haberse adjudicado la máxima distinción, en una competencia que compartió con una generación de autores bastante más jóvenes que él.

Señaló, con un tono algo jocoso, que «yo estoy entrando ya en la tercera o cuarta juventud, pero con buen ánimo y muchas ganas de seguir escribiendo».

Explicó que la novela, que fue presentada como «La ciudad del Pingüino» pero realmente se llama «La casa de Dostoievsky», alude a un recuerdo personal.

En tal sentido, evocó que, en el Santiago de Chile de la década del cincuenta del siglo pasado, había una vivienda casi en ruinas, cuyas habitaciones eran ocupadas por escritores, artistas y filósofos. «Nosotros, lectores de las novelas rusas, la llamábamos ‘La casa de Dostoievky’. El comienzo del relato sobrevuela ese lugar, que era un sitio mágico».

Consideró que se trata de una novela cuyo tema vertebral es la poesía y las ganas de ser poeta, recordando que, en su generación, todos los escritores aspiraban a cultivar ese complejo género literario.

Analizando la traumática peripecia del personaje central de su inédita obra, Edwards destacó que el poeta milita políticamente en Chile, viaja a París, luego vive en Cuba y regresa a su país, para sumergirse en la efímera experiencia socialista de la Unidad Popular de Salvador Allende y en la posterior pesadilla de la dictadura.

«Este poeta es una invención que tiene modelos reales y también elementos autobiográficos bastantes claros», resaltó.

En torno a si su libro contiene algunas de sus conocidas críticas a la Cuba castrista, Edwards ­que debió marchar al exilio durante la dictadura de Augusto Pinochet­ aclaró que el propósito dominante no es la crítica política, sino la recreación narrativa.

En tan sentido, aludió no tan subliminalmente a su apoyo a escritores disidentes durante la década del sesenta, cuando fue expulsado por el gobierno de La Habana, siendo representante diplomático del país trasandino.

Finalmente, el galardonado resaltó que la novela evoca a un Santiago de Chile hoy sólo subyacente en el imaginario colectivo, un París que ha cambiado bastante y una Cuba que, en la novela, es un mero espacio de ficción literaria.

En horas de la noche, durante una concurrida velada, se procedió a la premiación oficial, cuando Buenos Aires ya había recuperado la calma, tras un día pautado por una elocuente manifestación de apoyo al gobierno de Cristina Fernández de Kitchner, el enérgico pero conciliador discurso de la presidenta y una tan despiadada como efímera tormenta otoñal.

Esta segunda edición del Premio Planeta Casamérica, contó con la participación de 557 trabajos de autores de más de 20 países iberoamericanos, que fueron evaluados por un jurado altamente calificado, integrado por la escritora nicaragüense Gioconda Belli, su colega chilena Marcela Serrano, Alvaro Pombo, Miguel Barroso e Ignacio Iraola.

Los uruguayos Alvaro Ojeda y Enrique Estrázulas lograron clasificar entre los diez finalistas, por sus novelas «Muro de las cosas finales» y «Espérame, Manon», que serán publicadas por Editorial Planeta. Uruguay compitió con 44 trabajos.

C
omo se recordará, en la pasada edición, el jurado premió el escritor argentino Pablo de Santis por «El enigma de París», mientras que el peruano Alonso Cueto logró el segundo puesto, por «El susurro de la mujer ballena». En esa oportunidad, el uruguayo Fernando Butazzoni clasificó entre los diez finalistas, con su estupenda sátira reflexiva «El profeta imperfecto».

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