Show de Bob Dylan en el Conrad
Si uno cruzaba una pierna, para darle un descanso, el de al lado debía cruzarla para el mismo lado, nunca en sentido contrario; y si uno se inclinaba sobre las rodillas el cansancio llega mucho antes de las dos horas que duró el espectáculo obstruía la vista del compañero.
Pero París bien vale una misa y recordamos haber hecho tres horas de cola para entrar, sin la previa y ahora imprescindible prenotazione pero felices, a la galería degli Uffizi de Florencia. Pero comienza el show y aparece Dylan, la mirada en el piso, con un sombrero gris claro calado hasta las cejas. No saluda al público. Más bien lo ignora; dicen que los genios son así; pero hay que reconocerle el mérito de la sobriedad. Es como si se inspirara en el Tao Te King: apenas se puede decir que está vestido, con un saco gris oscuro y un pantalón del mismo color. Nada de colgantes, de peinados extravagantes, de colores tocados por rayos láser, nada de saltos ni de gimnasia. No se muestra, apenas se le ve, canta sin cantar, está sin estar: está ausente, o por lo menos ensimismado. Durante las dos horas del show sólo pudimos verle la parte izquierda de la nariz, siempre apuntando hacia abajo, siempre bajo la misma luz y una parte poco relevante de su mejilla izquierda. Aunque tocó la guitarra eléctrica y hasta la armónica, en la mayor parte de la exhibición Dylan estuvo de perfil ante un piano eléctrico, la pierna izquierda apoyada hacia adelante, ligeramente flexionada, la derecha hacia atrás. Sus músicos estaban a tono. Todos ellos vestidos de negro y con sombrero. Por momentos parecía que iba a suceder la ejecución, a cargo de Al Capone, de los secuaces de Bugs Moran en Chicago, el día de San Valentín.
En cuanto a la música, es muy poco lo que podemos decir. Durante la primera media hora los acoplamientos y una pésima amplificación traían desde el escenario una bola de sonido que hacía doler el tímpano y donde apenas podía distinguirse, entre la infatigable percusión, la melodía a cargo de una exaltada pero monótona guitarra eléctrica. Al cabo de ese lapso mejoró el sonido; pero siempre, para nuestro inmediato aburrimiento, la percusión fue reina y señora. No había melodía que pudiera con sus martillazos; y para peor Dylan modificó continuamente sus melodías, como ya lo había hecho en su anterior presentación en el Cilindro. Es posible que ello sea el signo de una indeclinable voluntad creadora y que Dylan no pueda sino ejecutar variaciones sobre sus propias obras; lo cierto es que aquello desconcertó hasta a los fanáticos, que sólo respiraron cuando, de pronto, Dylan dijo «Like a rolling stone» y supimos qué estaba cantando.
En cuanto a la voz, hay que decir, con el mayor respeto por el cantor y sus admiradores, que Dylan canta mal (por «cantar» pensamos en lo que hicieron Ninon Vallin, Axel Schiotz, Gérard Souzay). Esta vez su voz sonó peor que en algunos discos que hemos oído; y aún extrañamos algunos curiosos sonidos guturales que son su marca de fábrica, al punto que se nos cruzó por la mente la idea de que «Dylan» pudo ser un sosías. Esa mínima exhibición de su cara, ese escaso caminar, esa frente siempre cubierta, los ojos bajos, la voz avasallada por la batería… ¿cuál hubiera sido la diferencia?
Hemos oído que Dylan, aunque canta mal, es un poeta. La pieza de convicción es «Blowin’ n the wind» (Soplando en el viento). Sin la menor duda los admiradores de Dylan como poeta nunca han leído, ni en traducciones, a su coterránea Emily Dickinson, que es, no sólo muy superior, sino, a la vez muy anterior y mucho más moderna, al punto que sus poemas se reencarnaron en los de Stephen Crane, que muere en 1901, aún, el más notable de los poemas de Dickinson inspiró, ya en pleno siglo XX, «La noche de la iguana» de Tennessee Williams. Como poeta Dylan recuerda (en varios aspectos y particularmente en la versificación), a Emerson; y no le pidan nada más moderno. Ni él ni sus admiradores parecen haber leído a Robert Lowell, a T.S. Eliot, a W.H. Auden. Ni siquiera a Robert Frost, con quien Dylan podría haber tenido lejanísimos, pero ciertos, puntos de contacto. Es posible que los méritos de Dylan como poeta sean similares a los de Allen Ginsberg, que también tuvo un éxito cuando la publicación de «Howl» y cuya estrella se apagó de inmediato.
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