Súper Rambo vuelve al ataque, esta vez la batalla es en Birmania
Es que Sylvester Stallone ha resultado un hábil empresario que sabe sacarle el jugo a sus reducidas dotes histriónicas a bordo de un par de caballitos de batalla que le han rendido buenos dividendos.
En este caso, el blanco apunta a Birmania (que, en realidad ahora se llama Myanmar), una antigua colonia británica convertida en república desde 1948 que sin embargo ha sufrido reiterados golpes de Estado y hoy por hoy es gobernada por una tenebrosa Junta Militar. Considerada un componente estratégico del narcotráfico junto con Laos y Tailandia, el país ha recibido innumerables condenas de las Naciones Unidas e, incluso, ha llegado a encarcelar al Premio Nobel de la Paz Aung San Suu Ky, principal líder opositor de la dictadura. Obviamente, lejos de cualquier coordenada que pudiera relacionar el tema con la política de Bush en el Medio Oriente, el punto establecía una oportunidad «políticamente correcta» para hincarle el diente en la pantalla grande. Esto es, precisamente, lo que el filme hace embarcarse en una aventura bélica plena de exotismo dentro de un marco geográfico que no llena noticieros en forma cotidiana pero que guarda los condimentos necesarios como para enfocar de manera inequívoca a los malos de la película.
Con este panorama, el director-actor-productor solo debe apelar a una mínima anécdota argumental (unos misioneros a rescatar de las garras del malévolo ejército, en plena jungla) para dar rienda suelta a una masacre prolijamente filmada hasta en los detalles más sanguinarios.
En este sentido, podría decirse que este «regreso al infierno» de Rambo resulta la entrega más truculenta de la saga con decapitaciones, niños arrojados al fuego, cuerpos partidos a la mitad por la metralla, piernas que vuelan por los aires y sangre que salpica la lente a modo de un «reality» documental.
En el medio del acontecimiento, casi nada: la paráfrasis del largometraje podría reducirse a tres momentos. Una primera instancia donde mueren algunos buenos; un segundo momento con el muchacho (sexagenario) de la película y un puñado de mercenarios que se lanzan al rescate y un desenlace que supone la liberación de los misioneros junto al merecido castigo a todos los villanos del filme (o sea que una media docena de personas eliminan a un ejército compuesto por cien soldados, aproximadamente).
Entre explosiones y balazos, algunas líneas de diálogo rellenan la propuesta mientras el ex boina verde hace gala de su carácter lacónico, la habilidad para el arco y flecha y su fibra asesina.
En realidad resulta un ejercicio para los incondicionales de las emociones fuertes (que también deben tener estómago fuerte) como para «entretenerse» con la violencia por la violencia. Incluso podría hablarse de una débil (pero bastante perversa) lectura entrelíneas que plantea la utopía de las misiones de paz y convierte a algún misionero en criminal despiadado con tal de sobrevivir. Es una película jodida por donde se la mire. En fin.
Rambo. Regreso al infierno. (John Rambo; Estados Unidos; 2008) Dirigida y protagonizada por Sylvester Stallone. Con James Brolin y Bruno Campos.
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