El punto mágico del equilibrio
Encontramos una atmósfera entre íntima y mística tal vez sugerida por el color púrpura que resultaba de luces entre azules y rojizas (Inés Schaich) o quizás por el aire ensimismado con el que Marcos Valls probaba una cámara y proyector de video.
En nuestras manos el programa mostraba una fotografía histórica: borrosos por el paso del tiempo, no fácilmente reconocibles y disimulados bajo los nombres de los actores escritos en letras blancas, Eduardo Mateo, Till Silva y Adriana Lagomarsino. Era el primer flashback; en el presente, poco a poco los preparativos, a la vista del público pero a la vez sobriamente entre las sombras, anunciaban la inminente acción; y cuando Adriana Lagomarsino comenzó a calzarse ritualmente un par de medias para entrar en uno de sus múltiples personajes, supimos que estábamos en el comienzo de algo más próximo a una ceremonia que a una obra de teatro o a un espectáculo musical, y el decurso de la acción así hubo de confirmarlo.
La interpretación de los tres actores fue tan precisa, tan bien ubicada entre el estilo de la naturalidad a ultranza, que se siente obligado a tartamudear y recoge poco más que escorias, y la declamación, el gran arte de la palabra dicha; en Saludenló Lagomarsino logró unir arte y realidad y convencernos de que estábamos ante la misma vida del protagonista, Eduardo Mateo. Lagomarsino, que se basó en el libro de Guilherme de Alencar Pinto Razones locas sobre la vida del músico, da en el libreto, también, el justo tono de la evocación. Nada, ni su natural fervor ni su amistad con Mateo le hace temblar el pulso; ni siquiera se dice del valor artístico de las canciones de Mateo y sus innovaciones técnicas. Lagomarsino, aunque fiel al recuerdo, no toma más partido que el de la verdad, y así nos deja que Mateo viva entre nosotros, con sus inconsecuencias y contradicciones, con sus curiosos vaivenes de la psiquis, con su devoción por la música, su buena índole, su bohemia decente pero sin salvación.
Tampoco se esboza un drama, y no se oyen estruendos acusatorios contra la «sociedad», en el fácil camino de la mitología sobre el nacimiento y la muerte del héroe. Lagomarsino presenta los hechos como son, como una fatalidad del destino: una canción aquí, un fragmento musical más adelante, una escena en que ella despliega sus dotes de intérprete, otra que la muestra un video, siempre en un medio tono sobrio que propicia la comunicación.
La obra se construye y al fin se desarma ante nuestra vista; lo que se ha creado es, mucho más que una biografía, una estela funeraria o un álbum de recuerdos, un holograma audiovisual de Mateo.
Es tanta la devoción que se siente en el aire, tan auténtica y bien controlada la emoción, que el crítico duda hasta de juzgar al espectáculo, que esencialmente es irresistible. Debemos decir, no obstante, superando ese trance en que, lo hayamos querido o no, todos los espectadores participamos, que no sólo el libreto llega al punto mágico del equilibrio entre forma y contenido, entre emoción y arte, entre recuerdos privados y contacto, sino que la actuación, muy mesurada pero sólida y efectiva, es magistral.
Silva, al que se le veía en vida del músico cierto parecido físico con Mateo, logra hacer carne y sangre la inocencia y transparencia de su amigo; Lagomarsino y Valls actúan también de forma inmejorable. Al fin, pero no lo menor, la banda de música, discreta, llena de los sones y los sueños de Mateo («Mamut» y «Pato» Rovés) dio el apoyo sonoro necesario para completar este brillante homenaje al músico desaparecido.
Saludenló, vida y musica de Eduardo Mateo, con libreto de Adriana Lagomarsino, basado en «Razones locas» de Guilherme de Alencar Pinto. Con Adriana Lagomarsino, Till Silva y Marcos Valls. Música en vivo de la banda integrada por «Mamut» y «Pato» Rovés. Luces de Inés Schaich, sonido de Daniel Rugilo, dirección de Adriana Lagomarsino. En Laskina, Plaza Mateo (Sarmiento y la Rambla). Estreno del 16 de noviembre.
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