Hermanadas por el miedo a la condena social
La moral dominante, que monopoliza las conciencias colectivas, suele, según los casos y las circunstancias, sacralizar, condenar e incluso demonizar a quienes violan los códigos de conducta universalmente aceptados.
En pleno siglo XXI, el aborto sigue siendo una fuente de controversias, que divide casi simétricamente al colectivo social e incluso a las propias fuerzas políticas uruguayas.
Como se recordará, en nuestra selección de crítica literaria, analizamos el libro «Entre el alivio y el dolor», un ensayo-investigación de las psicólogas Elina Carril Berro y Alejandra López Gómez, que expone la peripecia de miles de compatriotas que deciden interrumpir voluntariamente los embarazos no deseados.
El tema, que tiene componentes políticos, sociales, éticos y hasta religiosos, sólo ha sido abordado epidérmicamente por el cine, en una actitud de deliberada indiferencia complaciente.
Por tal motivo, el estreno de «Cuatro meses, tres semanas y dos días» constituye todo un acontecimiento, en un circuito cinematográfico habitualmente anegado por subproductos de alto presupuesto, fácil digestión y muy relativo valor artístico.
Además de la polémica que siempre suscita el tema, este filme rumano ambientado hace algo más de veinte años es, además, una obra de altos quilates, que cosechó la Palma de Oro del Festival de Cannes, entre otros reconocimientos.
El relato, que se desarrolla durante el gobierno autoritario de Ceausescu, narra las peripecias de dos jóvenes que comparten una habitación de un refugio estudiantil, en un edificio casi ruinoso y con baño colectivo.
Desde el comienzo, una atenta cámara registra minuciosamente la agobiante incomunicación entre pares, en un ambiente interior tan inhóspito como el nevado paisaje exterior.
La confirmación de un embarazo no deseado en una de las mujeres, detona el drama de la decisión de abortar en un país que castiga esta práctica con penas muy severas.
Con implacable agudeza, el realizador Cristian Mungiu pincela el periplo cuasi asfixiante de estas dos jóvenes, que comparten la riesgosa aventura de contactar a un «abortero» que ejecute la ilegal cirugía en secreto y en condiciones sumamente precarias.
Incluso, una de ellas no dudará en prostituirse con tal de completar la paga para costear la operación, en un gesto de humillación y sacrificio que corrobora el estado de indefensión al cual suelen estar sometidas las mujeres en sociedades intolerantes.
Todo es, obviamente, mantenido en la más absoluta reserva, no sólo por temor al duro castigo legal, sino también a la eventual condena social.
Mungiu construye el periplo casi surrealista de estas dos estudiantes, enfrentadas a una situación límite y abrumadas por la soledad y la incomprensión.
Sólo se tienen una a la otra, en una comunión signada por la solidaridad y el sentimiento humanitario de compartir esa pesadilla, hasta las últimas consecuencias.
Dos o tres secuencias realmente antológicas confirman el indudable talento del director Cristian Mungiu, quien resuelve los picos de mayor dramatismo mediante una magistral formulación estética.
Los recurrentes primeros planos filmados con cámara en mano, en una sola toma, y la abundancia de imágenes deliberadamente desenfocadas, coadyuvan a enriquecer y acentuar los rasgos más despiadados de la historia.
Pese a que se trata de una obra potente y removedora, la narración transcurre con una llamativa sobriedad y despojamiento, que es naturalmente intrínseca al discurso artístico del cine europeo.
Aunque se trata de una propuesta cinematográfica de sesgo claramente provocador, el lenguaje implícito, empleado por el director y guionista, casi siempre minimiza los decibeles del drama.
La deliberada ausencia de música y la amplificación de los sonidos de ambiente, contribuye también a acentuar el realismo del discurso cinematográfico.
Aunque las referencias al momento histórico son mínimas, se advierte claramente el claustrofóbico paisaje humano de una Rumania postrada.
Asimismo, una de las mayores virtudes del filme es que no emite juicios de valor sobre la conducta de los personajes femeninos, limitándose a relevar sus angustias, miedos, incertidumbres y solidaridades compartidas.
En un reparto muy competente, sobresalen las actuaciones protagónicas de las jóvenes Anamaría Marinca y Laura Vasilu, quienes asumen conmovedores papeles protagónicos.
«Cuatro meses, tres semanas, dos días» es una auténtica obra maestra, que expone, mediante un lenguaje crudo pero no exento de vuelo poético, uno de los temas más urticantes y controvertidos de nuestro tiempo.
CUATRO MESES, TRES SEMANAS, DOS DÍAS. Rumania 2007. Dirección y guión: Cristian Mungiu. Montaje: Dana Bunescu. Fotografía: Oleg Mutu. Reparto: Anamaría Marinca, Laura Vasilu, Vlad Ivanov, Alex Potocean, Adi Carauleanu, Catalina Harabagiu y Sansiana Tarta.
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