Calamaro cantó como un salmón y habló en el lenguaje popular
Andrés Calamaro volvió luego de muchos años. Algunos dicen que una década pasó desde que llegó con Los Rodríguez. Inclusive el propio Calamaro que expresó «no quiero que pasen otros diez años».
Pero hay otra gran cantidad de incomprendidos que aseguran que vino como solista un año después al Palacio Peñarol a presentar «Alta suciedad», el 19 de febrero de 1999.
Hasta el hartazgo de su voz, el acento confundido (entre español y castellano) y las gafas negras casi en el olvido, Andrés Calamaro entregó más de dos horas de su música en un Montevideo que no escondió lo tanto que lo extrañaba.
Este artista argentino que adoptó y adaptó su vida a una nacionalidad española que es más artística que territorial, en el Estadio Charrúa terminó siendo aclamado como pocos. Alejado la mayor parte del espectáculo de su teclado y volviendo a un formato similar a épocas finales del siglo XX, apostando a las guitarras eléctricas como principal escenario sonoro, Calamaro presentó su último trabajo «La lengua popular» (2007).
De pocas palabras habladas, y una cantidad interminable de letras cantadas, se paró frente al escenario y el momento cumbre, donde parece que ya no se puede volver atrás luego que la música comienza a sonar, hizo que Calamaro luego de una breve y aparente sincera sonrisa comenzara a cantar «El Salmón», uno de los temas insignia de su carrera.
Más tarde la mezcla lógica de los nuevos temas y de los más conocidos y añejos, abrieron la puerta para que desde el público el músico recibiera y devolviera cuanta demostración de afecto le era dirigida.
Además estuvo acompañado de una prolija, y bien arreglada banda, acompañada por los coros de Daniel Suárez y el Condor Sbarbatti de Bersuit Vergabat. Calamaro, ya popularmente conocido como el «Salmón» (debido a aquel disco con 101 canciones que grabó en el año 2000), se lució como sus mejores y más escuchadas canciones.
El lunes, el fallecido Pappo Napolitano habría cumplido 58 años. «Es por eso que le vamos a rendir nuestro homenaje», expresó el cantante.
De blues y Calamaro se hizo la noche, pero también de tango fue la entrega rockera, ya que «Los mareados» junto con una excelente versión conjunta con los antes mencionados músicos de Bersuit Vergabarat, acentuaron el valor artístico del espectáculo.
Pero si es de menciones, una de las menos esperadas fue tal vez la de las felicitaciones a José Luis Rodríguez Zapatero «que ganó en España, y vamos a tener un gobierno de todos, un gobierno socialista».
También el uruguayo Dani Umpi recibió los halagos de Calamaro seguido por el aplauso del público.
«Gracias Dani Umpi por tu talento», expresó, ya que el uruguayo fue quien abrió el recital.
Aplauso que demuestra cierta insensatez de gran parte del público, siendo que Umpi fue rechazado, e insultado por gran parte de los presentes mientras actuaba.
Musas y olvidos
Dice Calamaro en la letra de una de sus canciones que «la musa es una sola musa o es una serpiente de muchas cabezas». El hombre sabe de ambas, las canta y se deja morder. Puede ser desde un poeta bohemio a un pulcro intelectual. A veces es un tipo de barrio, y otras un refinado de Madrid. O un humilde artista que acepta olvidarse de la letra de «Flaca», mientras canta, y sonríe. También puede ser un cantante, un compositor o un músico virtuoso que improvisa con la guitarra, y refuerza melodías con tonos más altos que su registro de voz.
Calamaro es uno de los últimos solistas argentinos. Aquel muchacho que un día se alejó de la banda del propio Charly García, y su voz pasó a ser parte de la banda de sonido de la década del ochenta cuando «Costumbres argentinas» (tema que realizó en el espectáculo del lunes), se internó en la memoria del Río de la Plata.
Allí con los Abuelos de la Nada se desarrolló, luego con Los Rodríguez se terminó de pulir la figura del «artista».
También la memoria (o la desmemoria), sabe de «Alta suciedad», «Loco», «Horarios esclavos», «Crímenes perfectos», y decenas de grandes canciones que como broche de oro tuvo la canción «Paloma» y entonces la fiesta termina, la música se silencia, el estadio se vacía, y las musas vaya a saber uno que serán.
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