EN EL CIRCULAR: BU, NADIE TIENE MIEDO
En «Bu, nadie tiene miedo» el autor, Alejandro Gayvoronsky, pone más experiencia del mundo del espectáculo que del mundo en general.
Nos hace recordar al cine, con «Propuesta indecente», a la serie negra, con los gangsters amenazadores que pretenden cobrar deudas de juego, a «Mad Max» por un personaje que aparece por la mitad y, de principio a fin, un muchacha o niña que parece salida de «Mi muñequita», de Gabriel Calderón.
Ya el comienzo de la pieza nos sitúa en ese clima ficticio, más propio de las lecturas o del recuerdo que del ámbito de una imaginación personal. Teo (Nicolás Talento), camina hacia atrás, con las manos entre las piernas, arrastrando una bolsa con un cadáver mutilado; se encuentra con una adolescente (Jimena Prates) que por momentos parece mayor, se viste de niña y habla como muñeca. Entramos, como en «Santa Familia», del mismo Gayvoronsky, en un mundo suspendido entre lo real y lo soñado: en cualquier momento podría aparecer el conejo blanco, reloj en mano. Pero no estamos en «Alicia en el país de las maravillas» sino en Chicago. Teo es acosado con amenazas telefónicas por deudas de juego (aquí estamos en «El jugador», con James Caan o en «El golpe», con Robert Redford); para pagarlas resuelve, sin pestañear, vender a la mujer muñeca; con el nada menor inconveniente -¡qué realistas estos muchachos!- de que ella se orina. Aparece un hombre vestido en estilo punk, dark o similar, con un atípico corte de pelo, que ejecuta inesperados pasos de ballet…
En este punto renunciamos a encontrar el hilo, el común denominador que debería unificar los varios relatos que cruzan la escena. Hemos tenido a la vista un cadáver mutilado, pero no sentimos el horror de la muerte ni la agonía de la culpa en el alma de un criminal; no sentimos temor por las amenazas, no hemos sentido ni goce de vivir, ni alegría, ni tristeza. No ha habido para nosotros momentos en los que nos reconocemos; pero tampoco hubo momentos en que nos desconocíamos. La obra, que sucede a pocos metros de nuestro asiento, parece llegarnos desde un planeta lejano, cuyo lenguaje no podemos descifrar.
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