La traumática quimera del oro negro
Los grandes epopeyas individuales y colectivas, se suelen amasar en la arcilla del esfuerzo y el sacrificio, pero también a partir de la materia prima de los sueños y hasta de los mitos instalados en el imaginario social.
Bien sabe nuestra América, que el proceso fundacional de las naciones, fue siempre una concatenada suma de heroísmos y de memorables triunfos, pero también de amargas derrotas y postergación de expectativas.
Ese permanente desafío de crecer en la adversidad, que suele caracterizar a las ex colonias devenidas en países independientes, está intrínsecamente asociado a sus grandes pioneros.
El cine de naturaleza épica, a menudo devaluado por productos meramente gastronómicos, ha sabido retratar minuciosamente esas grandezas. Uno de los icónicos maestros de ese género fue, precisamente, el ya legendario John Ford, entre otros.
«Petróleo sangriento», el aclamado filme de Paul Thomas Anderson, apuesta con fuerza a recuperar la estética de algunos emblemáticos títulos de otrora, aunque desestima toda visión complaciente.
Más emparentado con la vertiente independiente que con la mega industria, la producción de este realizador se ha caracterizado por una sólida identidad artística.
De su aún escasa filmografía cabe destacar, particularmente, la memorable «Magnolia», una poética del desencanto, que narra varias historias paralelas, de seres irredentos, atribulados y golpeados por el destino.
El cine de Paul Thomas Anderson es una suerte de experiencia coral, en la cual el corazón del relato siempre descansa sobre la peripecia humana y su circunstancia histórica.
Salvando las diferencias con filmes precedentes del autor, «Petróleo sangriento», cuyo rodaje insumió un importante presupuesto, propone una suerte de reflexión existencialista en torno al destino del ser humano.
No en vano esta historia de quimeras está ambientada en el crucial punto de inflexión entre el siglo XIX y el XX, en California, cuando el petróleo afloró como la más importante fuente de riquezas y oportunidades.
El protagonista del relato es Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis), un audaz e itinerante buscador de la preciada materia prima, que no sucumbe ante ninguna adversidad.
La vida ya lo puso a prueba cuando su esposa murió, al parir a su único hijo, a quien el minero transformó en inseparable compañero y hasta en socio de sus aventuras empresariales.
Inspirándose en «Oil», la aclamada novela de Upton Sinclair, Thomas Anderson asume el complejo desafío de recrear esos tiempos duros y a los protagonistas de la épica del petróleo que, por entonces, comenzaron a construir un país próspero y ambicioso.
El talentoso cineasta asume, con singular maestría, la recreación de paisajes naturales desolados y casi salvajes, sobre los cuales ya se iniciaba el tendido de las vías férreas.
Esa irrupción del progreso en el corazón de la naturaleza misma, fue forjado por hombres pragmáticos e implacables. Así es, precisamente, el personaje central de esta extensa narración, que mixtura la ternura del padre con el perfil de liderazgo, que requiere su ardua empresa de transformarse en millonario a cualquier precio.
De algún modo, ese indomeñable buscador de petróleo, es un émulo de los colonizadores que, en el pasado, se apropiaron hasta de lo ajeno, inaugurando la primera fase del imperialismo norteamericano.
También simboliza el paradigma del individualismo, y el sustento del mítico sueño americano que, contemporáneamente, para muchos suele mutar en pesadilla de exclusión y pobreza.
A diferencia de otras producciones que abordaron el tema, en este filme la quimera del oro negro, que brota de la tierra, exhibe también su rostro más grotesco: las muertes accidentales de algunos obreros y, particularmente, la sordera del hijo del protagonista.
La historia confronta al personaje con otros cruciales dilemas, como su permanente conflicto de liderazgo con un joven y ambicioso pastor religioso que instala su iglesia en la comunidad y su irrefrenable obsesión por recuperar parte de sus raíces y su pasado perdido.
Thomas Anderson reconstruye esa suerte de epopeya fundacional, mediante una poética de la imagen, que resulta por momentos subyugante, con planos abiertos y largos que retratan elocuentemente la vegetación seca y las montañas inciertas.
El relato, de más de dos horas y media de duración, mixtura la fascinación de la aventura con la crudeza del drama, en un discurso cinematográfico que reflexiona sobre la grandeza, la miseria, la soledad y el desarraigo.
Es realmente antológica la actuación protagónica del británico Daniel Day-Lewis, quien cosechó, con absoluta justicia, el segundo Oscar a Mejor Actor de su exitosa carrera.
«Petróleo sangriento» no es una mera superproducción, a las cuales nos tiene acostumbrados Hollywood.
Es una auténtica alegoría existencialista, que expone con lenguaje despiadado y magistral formulación estética, temas cruciales como la ambición, la avaricia, la violencia y el fanatismo.
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