Escrito por: N.D.M. |

En el inabarcable y riquísimo panorama del arte actual, de inmediato accesible a través de los nuevos medios de comunicación global, resulta imposible definir tendencias o agrupamientos estéticos. Las vanguardias históricas del siglo XX, desde el futurismo y cubismo al neoplasticismo y constructivismo, se opusieron a seguir la tradición e instauraron la innovación permanente, con estructuras ideológicas y formales definidas que apuntaban decididamente al futuro, hacia una sociedad utópica.
El proyecto de la modernidad, aparentemente, concluyó a mitad del siglo pasado y el pluralismo estalló admitiendo, en simultáneo, la diversidad de estilos y las contradicciones temporales. Los recursos técnicos y conceptuales se expandieron con vertiginosa celeridad en paralelo con las rápidas transformaciones de la sociedad de consumo. Uno de los aspectos de esos cambios, fue el ascenso irresistible de las mujeres en la creación artística. Siempre existieron, entonces, en minoría, desde la insumisa Artemisia Gentileschi a la trágica Frida Kahlo, dos referentes popularizados en la literatura y el cine, pero ahora adquirieron una notoriedad y una aceptación insospechables pocas décadas atrás.
Dos jóvenes mujeres exhiben en sendas galerías montevideanas. Brenda Frizzera lo hace desde la ingrata sala superior del Cabildo de Montevideo. En un ponderado prólogo, Raquel Pontet observa que “Con mujeres objeto o mujeres sujeto, esta exposición se enmarca en la producción artística que aborda el tema del género desde su subjetividad, redimensionando el nuevo papel de la mujer en la sociedad, antes vistas y vestidas por hombres, como los ejemplos del arte convencional de Occidente que muestra Frizzera. Frente a ellas, una nueva mujer se exhibe, tiene un papel en una lucha, gana lugar en lo público. Es la activa, con empuje, libertad, que avanza en la búsqueda de su crecimiento integral y de su espacio propio”.
Para establecer esa antinomia, Frizzera recurre a imágenes de retratos célebres (Leonardo, Ghirlandaio, Zurbarán, Rubens, Ingres) en confrontación con estampas extraídas del comics. Copia las primeras con la misma técnica que las segundas. Era, de antemano, una aventura riesgosa, un empeño de dimensiones enormes. Porque, en los casos históricos, pintados al óleo, el óleo significa algo más que un invento genial o un recurso técnico, ya que determina una visión diferente, una apropiación sensual de los seres y objetos representados, su deseabilidad y su exponencial ilusionismo, cargado de vitalidad expresiva y cautivadora, ya sea en la minuciosidad de la representación clásica y neoclásica, donde cada elemento está absolutamente diferenciado en textura y color o la irrupción de la pincelada suelta y generosa de los barrocos. Al pintar los retratos de ayer y los de hoy al acrílico, al uniformar la superficie material, sin establecer el contraste matérico indispensable (que es también una posición ideológica), el intento de contraste, más allá de los rasgos fisonómicos, se diluye, y la loable e interesante idea no resplandece con convicción. La sensualidad y el erotismo de Rubens no radica en mostrar o insinuar los pechos de mujer, sino en la envolvente pincelada, ágil, vibrante y brillante, cargada de materia, que surca gozosa la piel y el vestido con el mismo vértigo vital. Al anular con el opaco acrílico esa sustancia fundamental, aplanada inmisericorde, se omite el fundamento expresivo, se iguala al modelo actual, apenas exteriormente con mayores turgencias. Pero el original, no la copia, sigue siendo más libre que la desmelenada modelo de historieta.
En una cultura local, basada en reproducciones y videos, no en el contacto con los originales, hubiera sido preferible escoger fotografías en vez de copias fantasmáticas, para confrontar situaciones disímiles, además, descontextualizadas. Lo mismo sucede con las demás obras. Menos, en las composiciones en que hay un traslado del original al dibujo, y establece una interacción de situaciones propias de la historieta gráfica. Por ahí circula el humor (similar al retrato de Zurbarán a la entrada) y Frizzera evidencia la habilidad de dibujante y la empeñosa, ardua labor, de indudable mérito. Lo hicieron, hace algunas décadas, y a su manera, con otros propósitos y en el auge de las citaciones, Vicente Martín con Giorgione y la Carlota Ferreira de Blanes, también reinterpretada por Alvaro Amengual. O entonces utilizar la iconografía ajena con un estilo propio, como enseñaron Roy Lichtenstein y el valenciano Equipo Crónica. Otra opción posible, recurrir a los retratistas nacionales, más cercanos y familiares (Blanes, Sáez, Blanes Viale, Cúneo, Torres García).
A los 20 años, María José Ambrois aparece como vencedora concursante entre aspirantes a la primera exposición individual. La idea es acertada y acaso hubiera sido oportuno conocer los demás candidatos distinguidos para comparar méritos e ideas. Los modestísimos recursos de Ambrois son insuficientes para exhibirlos. Recurre a viejas fotografías intervenidas, ampliadas, ploteadas y nuevamente intervenidas con chirimbolos diversos que aspiran a ingresar a la estética kitsch sin atreverse a recorrerla hasta las últimas consecuencias y, al igual que otros compañeros asistentes al taller de López Lage, incurre en la monótona repetición de tristes estereotipos, claudicando en el intento. (Alianza Francesa).
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