RETRATO DE LA JUNGLA URBANA

Joaquín Torres García (1874-1949) fue uno de los más destacados pintores uruguayos, tanto por su proyección fuera de fronteras, que es atendible sin ser tan importante como suele pensarse, como por su aceptación y difusión masiva en su propio país.

Quizás la mayor contribución del renombrado artista compatriota a nivel internacional, haya sido la difusión y el impulso que dio al constructivismo en América Latina, con su teoría del universalismo constructivo (1944).

Torres García nació en Montevideo, en 1874. Hijo de padre catalán y madre uruguaya, ingresó en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona en 1892, tras el regreso de su familia a España.

Inmediatamente, se sintió identificado con el movimiento modernista catalán, el cual lo influenció decisivamente en su obra posterior, e inició su amistad con Pablo Picasso y Antoni Gaudí, con quienes colaboró en la realización de los vitrales del templo de la Sagrada Familia en Barcelona (1903-1907).

Durante los veintinueve años que vivió en la ciudad, ejecutó varias obras en edificios públicos y privados: ayuntamiento, diputación, iglesias de San Agustín y San Jorge.

También trabajó con Gaudí en la restauración de la catedral de Palma de Mallorca, donde realizó unos vitrales con diseño geométrico y colores planos, que producen en el interior una iluminación singular.

Sin embargo, Torres García no obtuvo en España el reconocimiento que esperaba, quizás por desviarse radicalmente de los estilos imperantes en el momento o por sus peculiares teorías que vinculaban el arte con una concepción espiritual y totalmente alejada del realismo.

Desencantado, en 1910 se trasladó a Bruselas, donde decoró el pabellón uruguayo de la Exposición Internacional (dos murales sobre la agricultura y ganadería uruguayas). En el marco de este viaje, visitó también París, Florencia y Roma.

En 1913, publicó «Notes sobre Art», libro con el cual se inició en la teoría artística. Además, realizó el fresco La Cataluña Ideal.

En 1919, viajó a Nueva York y, tres años más tarde, a Italia y Francia, fijando su residencia en París, en 1926.

«New York», obra fundamental para entender el pensamiento del reconocido artista, es un libro que reúne las impresiones que provocó en un joven e inquieto Torres García la enorme y moderna ciudad estadounidense, que lo deslumbró y lo horrorizó al mismo tiempo.

De la misma forma que Lorca en su «Poeta en Nueva York» se sintió inevitablemente inspirado por la Gran Manzana, por su esplendor y decadencia, el luego destacado pintor uruguayo estableció una relación de amor-odio con la megaurbe, la cual plasmó en sus escritos, con descarnada elocuencia.

En este trabajo, Torres García relata la vertiginosa vida en la gran ciudad, describiendo los enormes rascacielos, los puentes que parecen interminables, la vasta multitud que constantemente surca sus calles, la desmesura y el lujo, pero también la pobreza.

En sus apuntes nos revela, valiéndose de una prosa por momentos abigarrada, despojada y siempre potente, las grandes contradicciones de la Nueva York de la década del veinte, una de las ciudades por entonces más modernas y pobladas del mundo.

Sin embargo, el artista trasunta también su admonitoria percepción acerca del inminente advenimiento de la gran depresión y el dramático derrumbe del mítico sueño americano.

Además, «New York» nos permite entender la soledad y el desarraigo del artista alejado de su tierra y sus afectos y compelido inevitablemente a integrarse a la gran maquinaria productiva de la ciudad.

Sus apreciaciones retratan con crudeza a esa laberíntica jungla de cemento, donde los individuos se convierten en meros engranajes, como profetizó tragicómicamente Chaplin en su genial «Tiempos Modernos».

(Editorial Hum)

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