China y Carlitos, con Luis y Alexis
«Fernando quiere hacerle a usted un homenaje oficial. Soy su secretario privado, San Pedro». Otro bromista, pensó China, y le colgó el teléfono. Pero sí era. Durante el homenaje, Fernando –que no era aún presidente de su país, pero sí intendente de Buenos Aires– se paró a refutarla cuando China agradecía el agasajo a «una extranjera». «Usted no es extranjera, señora, usted es uruguaya».
Siempre que recibe premios, dice China, la invade la emoción de ser uruguaya. Aunque no ha recibido tantos en su carrera, y sí últimamente muchos homenajes, «que tienen olorcito a despedida», se queja medio en broma y no, cuando declara su edad de «casi ochenta». El premio de Agadu se expresa en una escultura de vidrio, con una inscripción que reconoce «su destacada trayectoria y el invalorable aporte a la cultura universal». Hay dos iguales sobre la mesa. China verifica con cuidado su nombre tallado, para no equivocarse. No es sólo una de sus ocurrencias características: la última vez que reacomodó los premios que atesora en su casa, descubrió que el más grande estaba dedicado a Federico Luppi.
La otra escultura está dedicada a Carlos Páez. Con palabras susurrantes, pinta en el aire el cuadro colorido de su primer encuentro con la música africana en Uruguay. Una pequeña comparsa que atronaba las calles del Barrio Sur, compuesta por un «oso margarita» que asustaba a los niños, un escobero genial, el viejito, la lavandera y media docena de tamborileros.
Entró con ellos por la boca del conventillo y se quedó a vivir allí, en la pieza de «mi hermano» Juan Angel, el negro que asiente con la cabeza blanca, frente a él, cincuenta años después. La pasión por la negritud llevó a Carlitos a sumergirse profundamente en el Africa por un largo tiempo, colectando sensaciones, imágenes y sonidos. Con éstos alimentó su inspiración para componer decenas de candombes, letra y música, cuya tutela autoral, en manos de Agadu justifica su condición de socio.
Luego la vida. Hace unos meses, Carlitos sintió dolor en el pecho, y se internó en la noche. Hoy se asombra de volver a practicar sus pasiones, con un corazón más joven que el cuerpo. Ligia, escuchándolo, dice que es «por la impresión del tiempo» que se puso a llorar. Yo la vi.
Toma la posta Luis Hierro, que pide disculpas a los uruguayos que hacen grandes aportes culturales, por el pobre reconocimiento del Estado. Subraya, en China, su inovidable Emily, y en Carlitos la inmensa lección humana de los Andes. Cierra la oratoria Alexis Buenseñor, el anfitrión, honrándose de «agasajar en vida, mimarlos, a nuestros compatriotas ilustres, actitud que los uruguayos deberíamos practicar más seguido». Su aporte cultural, dice, es fundamental para resolver nuestros graves problemas, como el desempleo. Alexis Buenseñor, presidente de Agadu, termina celebrando vivir en un país donde, en reuniones abiertas como ésta, el presidente de la República en ejercicio, dos grandes artistas y otras personalidades, se mencionen como Luis, Carlitos, China, Nahoum, el Nacho.
Luego los saladitos, champán y vino. Junto a la puerta de salida Martín, de doce harapientos años, pide un vintén p’al judas. O viceversa.
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