La violencia de una sociedad enferma
Si bien no constituye un subgénero en sí mismo, esta suerte de compulsión es igualmente un lenguaje recurrentemente identificado con el cine policial.
Obviamente, las estéticas difieren en función del eventual consumidor, entre los meros productos gastronómicos paridos por el vientre mismo de la gran industria, hasta abordajes bastante más oscuros, profundos y despiadados.
La clave parece ser subordinar la violencia a otras emociones o alineaciones, que suelen aflorar, con singular virulencia, en los tiempos de mayor incertidumbre, desencanto y erosión de valores y reglas fundamentales de convivencia.
El cine norteamericano, tan proclive a los efectismos mercantilistas, ha tenido, sin embargo, la virtud de retratar los ambiguos estados de ánimo subyacentes en cada guerra del siglo pasado o la contemporánea paranoia provocada por el ataque a las torres gemelas y las agresiones imperialistas contra Afganistán e Irak.
Los independientes hermanos Joel e Ethan Coen, que adquirieron justa notoriedad con filmes de la talla de «Barton Fink», «Fargo», «El gran Lebowski» y «El hombre que nunca estuvo», retoman su mejor nivel de calidad con «Sin lugar para los débiles».
Luego de algunas caídas de tensión que los alejaron de su mayor esplendor, este filme, que es el duodécimo que reúne a ambos cineastas, sintetiza todas las tribulaciones de sus creadores. La película, que por su estética debería ser rotulada como del género negro, contiene, además de abundante violencia, un humor ácidamente sarcástico y hasta algunos mensajes no tan subliminales que aluden a múltiples frustraciones instaladas en el imaginario colectivo.
El relato, aparentemente lineal y hasta epidérmico, se construye sobre la peripecia de un cazador que vive en una casa rodante en un desolado paraje texano, quien encuentra y se apropia casualmente de un portafolio con dos millones dólares y un cargamento de heroína, en medio de un dantesco escenario regado de cadáveres acribillados.
Este lobo solitario, que comete un imperdonable error al retornar al lugar de la masacre, se transforma en blanco de la mafia, de un alienado asesino serial y de un veterano comisario próximo a la jubilación.
La narración, que se inspira en el best seller homónimo de Cormarc McCarthy, transcurre al mejor estilo de un road movie, en el cual abundan las persecuciones por vastos y desérticos paisajes, los moteles decadentes próximos a la ruta y los monótonos personajes típicos de pueblo chico.
No es casual que la trama se desarrolle en la década del ochenta del siglo pasado, en un país aún impactado por las secuelas y la humillación de la guerra de Vietnam, el único conflicto bélico contemporáneo perdido por el imperio. Como en filmes anteriores de los Coen, si bien las alusiones a ese baño de sangre acaecido en Indochina no son demasiado explícitas, el tema aflora siempre como un elemento subyacente. No en vano el propio cazador es un veterano de esa despiadada conflagración y el comisario es un sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el personaje más peculiar de esta historia es un asesino serial bastante paranoico, que mixtura la despiadada oscuridad de las criaturas de ficción del clásico policial negro con la desmesura de los peores subproductos del cine comercial hollywoodense.
Esta trilogía peculiar, secundada por otros personajes menores cuya participación es meramente marginal, son los protagonistas que mueven los hilos de una narración deliberadamente laberíntica.
Los hermanos Coen, que en esta oportunidad comparten la dirección, construyen un complejo rompecabezas de trazo por momentos desmesurado, en el cual la violencia aún la más explícita no es para nada gratuita. Más que una expresión meramente física, la violencia adquiere aquí un sentido alegórico que refiere a las patologías de una sociedad enferma de frustración y desencanto. Ese propósito está explicitado en esos tres seres irredentos y perdedores empedernidos que vegetan y luchan obsesivamente por construir un futuro mejor, sin advertir que el destino les reserva lo peor.
Un sello de fábrica de los hermanos Coen presente también en esta obra, es el humor rampante de acento sardónico, que maximiza lo ridículo y lo grotesco aun en las situaciones más dramáticas.
En un reparto actoral altamente competente, sobresale el magistral actor español Javier Bardem como el alienado asesino, que es una suerte de exterminador. En tanto, son muy convincentes los trabajos de Tommy Lee Jones y Josh Brolin.
Nominada a varios premios Oscar de la Academia de Hollywood, «Sin lugar para los débiles» es un filme policial de estupenda factura cinematográfica, que mixtura la acción característica del género con una alegoría sobre la violencia y la frustración y hasta los dilemas morales de nuestro tiempo.
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