Los pintores también escriben

No es costumbre, aunque buena parte de los pintores a lo largo de la historia del arte han dejado testimonio escrito de sus preocupaciones estéticas, rescatando las ideas de su tiempo o, simplemente, redactando recetas o modos de trabajar. A veces con una calidad literaria que rivaliza con su pintura (los diarios de Delacroix, Van Gogh, Klee, Dalí). En Uruguay, en el siglo XIX, Besnes e Irigoyen y Blanes dejaron apuntes, cartas familiares y consejos del oficio. Más conocidos, los numerosos libros publicados por Joaquín Torres García y Pedro Figari en la primera mitad del siglo pasado son referentes ineludibles. Dos ediciones recientes dan cuenta de esa actividad de dos artistas fundamentales.

New York, de Joaquín Torres García (Casa Editorial Hum y Fundación Joaquín Torres García, 168 pp, e ilustraciones, Montevideo, 2007), textos introductorios de Juan Fló, procede de manuscritos y copias dactilografiadas pertenecientes al archivo de la Fundación JTG que han permanecido inéditos. Están fechados en 1921 en la ciudad del título y en 1930, en París, revisados por el autor para una publicación que no llegó a efectuarse.

En 31 breves capítulos, Torres García, a los 40 años, narra en tercera persona, como en otras ocasiones, su deslumbrante encuentro con Nueva York, la ciudad ansiada y deseada. Apuntes rápidos, palabras aisladas y frase sueltas, van describiendo el recorrido de la mirada en las calles y sus habitantes, con la misma vitalidad de sus encuentros y desencuentros con la gran ciudad, completamente diferente de París, Barcelona o Madrid, de tristes recuerdos con la frustración de la pintura mural en Barcelona, el rechazo de Picasso y los marchands de vanguardia, en París. La exaltación de Nueva York, tiene algo de infantil, atrapado por la novedad y lo diferente. El deslumbramiento inicial deja paso a la resistencia de adaptación a un vertiginoso sistema de vida, el ansia del éxito, la búsqueda de bienes materiales (dollars, business, buildings, «la feliz tierra del chewing-gum») y la falta de espiritualidad. En esas escuetas «impresiones» campea el agudo observador de la realidad, con certera ironía. Curiosamente, hace escasas referencias a los artistas que conoció (lo hará en Historia de mi vida) y menciona, al pasar, La Societé Anonyme, fundada en 1920 por Katherine Dreier (que conoció), coleccionista de los grandes creadores del momento y en realidad, el primer museo de arte moderno de la ciudad. Allí se reunían intelectuales y artistas para informarse de las tendencias más recientes. Marcel Duchamp era uno de ellos y apenas le dedica medio párrafo, y muchos más. Hay que atribuir al temperamento de Torres García, escasamente proclive a encuentros colectivos, a tertulias de café y a la aceptación del otro, el desencuentro con una cultura en gestación que al no comprender, rechaza. Pero también tiene una formidable intuición para los cambios que vendrán en la sociedad y el arte y la tristeza frente al maquinismo desplazando la artesanía. De ese desencuentro fundamental se nutren las eternas contradicciones del maestro del constructivismo. Por eso, sin nombrarla, denuncia el error utilitario de la Bauhaus alemana (pp.104) o pone en evidencia su machismo típico (pp. 147) que ya su hija Olimpia padeció. Es un libro que se lee con sostenido interés en la vivacidad de su escritura, veloces bocetos hechos en blanco y negro que permiten situarse en la intimidad de Torres García.

La nueva edición de Educación y arte de Pedro Figari (Consejo de Educación Técnico Profesional de UTU, 224 pp, 2007) es muy diferente a New York. Es una visión objetiva de los problemas educativos, sólidamente fundamentada. De cultura universitaria, Figari fue muchos hombres en un solo hombre: abogado, diputado, político, diplomático, pedagogo, escritor, filósofo, director de cultura y reformador de la escuela de arte, pintor, dibujante, viajero experimentado en los principales centros europeos, fue contemporáneo de Torres García aunque no coetáneo.

El libro recoge discursos en la Cámara de Representantes, en 1900 y 1903, sobre la creación de una escuela de bellas artes, un opúsculo de 1910, referido a la reorganización de la Escuela Nacional de Artes y Oficios, Lo que era y lo que es la Escuela de Artes, 1917, una entrevista esclarecedora de la época, y escritos referidos a la industrialización de América Latina, la autonomía y regionalismo del arte. Es sorprendente la actualidad de sus ideas. Algunas: No basta con mejorar la vivienda, es indispensable mejorar el género de vida, en especial para la gente de campo y la desigualdad con los habitantes de la ciudad, mejoramiento de las industrias ganadera y agricultura, el mal aprovechamiento de la exportación de amatistas y ágatas, la exigencia de probidad en la vida colectiva, la educación para la vida solidaria y creadora ya desde la infancia, lejos de una conciencia refleja y libresca, evitando «el peligro de la explotación del hombre por el hombre» (pp. 177), la integración regional y la industrialización («O nos industrializamos o nos industrializan») y su relación con el arte en clara oposición a Torres García: «Norte América, a la que tan ingenuamente se consideró, hasta hace poco ha, como vulgar cultora del dólar, ¿a qué debe su enriquecimiento y su engrandecimiento integral? A su industria, fundamentalmente». Defiende a la juventud y la independencia de la mujer, así como la preparación para una cultura y arte propios. Aunque descuidado en la impresión, ausente el excelente prólogo de Arturo Ardao en la edición de 1965, Educación y arte e s, un libro de cabecera que deberían leer, si es que tienen vocación, gobernantes, políticos, profesores, estudiantes, intelectuales y artistas. Es el reencuentro con un pensador uruguayo mayor que manejó ideas, hace casi un siglo, revolucionarias ayer y hoy, de vigente actualidad.

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